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Los celadores y el progreso

Mauricio Hernández

miércoles, 1 octubre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hoy se despidió uno de los celadores del conjunto en donde yo vivo. Dijo que agradecía mucho por este tiempo de servicio. Él era el más nuevo. Vino a hacer un reemplazo de vacaciones y se terminó quedando por un tiempo más. Hasta hoy, eran tres vigilantes que se turnaban el cuidado de las dieciséis casas del condominio. A partir de diciembre solo quedará uno. En enero, muy seguramente, ninguno.

Resulta que aquí en donde yo vivo decidieron reemplazar a los celadores por un sistema automatizado de apertura de las puertas. Un día, se reunió la junta de personas que administran estos lugares y decidieron que los costos elevados de la nómina no permiten tener un servicio de vigilancia humano. Correspondía, entonces, buscar la solución a través de las máquinas.

Así que, otro día, llegaron unos señores vestidos de azul. Eran cuatro, tal vez cinco. Todos tenían herramientas diferentes. Yo pensé que eran los cazafantasmas. Empezaron a taladrar el cemento, abrieron huecos, pusieron tubos, conectaron cables, instalaron sensores y volvieron a echar cemento. Luego, reemplazaron la puerta por donde ingresan los vehículos. La puerta vieja era una pesada reja que los celadores abrían manualmente. Con esta se podía ver de afuera hacía adentro y viceversa.

La que instalaron los cazafantasmas es una muy diferente: una puerta negra tapada completamente y que se abre con unos brazos mecánicos, activados por un control remoto. De esas yo he visto en las cárceles y en las películas del Holocausto. Por supuesto, desde afuera ya no pueden ver el interior del conjunto. Quizá eso es muy seguro, pero se perdió la vista. Y los celadores…los celadores parecen sufrir de aburrimiento porque ya no pueden ni mirar hacia afuera.

Este fantástico progreso también ha traído una pantalla en la puerta de peatones. Para ingresar, basta con pararse al frente de la cámara y se activa el reconocimiento facial. Todo muy cool, o tal vez no tanto, porque perdí el buenos días, buenas tardes o buenas noches de los celadores. Lo único que dice una voz robotizada es que «la-puerta-está-abierta». Tal vez más adelante le instalen una voz como la de Scarlett Johansson.

Con el tiempo, todos en el conjunto estaremos adaptados a estos cambios y dejaremos de sentir temor de que algún ladrón se nos vaya a entrar. Eso es claro. En cambio, para los celadores todo esto seguirá ocurriendo a cuentagotas. Es como un veneno inyectado con lentitud. El final para ellos es evidente, aunque yo les he preguntado cómo se sienten y sus respuestas revelan incertidumbres y dudas.

Yo los miro y en sus rostros veo ausencia. Es más, ya no se mueven con la misma efectividad de antes. Parecen flotando en su puesto de trabajo. Y esto viene pasando desde que empezaron la instalación de todo este progreso. Será muy raro para ellos ver que ya está operando su reemplazo. Quizá no han hecho el duelo de su partida. Y nosotros, tampoco.


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