Nuestros bisabuelos llegaron a una montaña que era necesario, para sobrevivir en nombre del progreso, descuajar. Llegaron con un hacha, un metro de cabuya pisada y el deseo de convertir lo extranjero en propio y lo indómito en doméstico. En esa época la patria era una selva y un rosario. Un bosque hecho de guayacanes … Continuar leyendo
Nuestros bisabuelos llegaron a una montaña que era necesario, para sobrevivir en nombre del progreso, descuajar. Llegaron con un hacha, un metro de cabuya pisada y el deseo de convertir lo extranjero en propio y lo indómito en doméstico.
En esa época la patria era una selva y un rosario. Un bosque hecho de guayacanes y cedros, de veraneras y guaduales, y de ojos resplandecientes en la oscuridad. Trajeron nuestros antepasados las semillas de café e incrustaron en los planes y en las vagas, al borde de las quebradas, unas líneas de arábigo, un triángulo más allá, y luego una pirámide de verde que se extendía por Risaralda, Caldas y Quindío.
Edificaron nuestros padres un paisaje, lo hicieron a imagen y semejanza de sus sueños. Convirtieron un paraíso terrenal en un purgatorio, y a la vez inauguraron las primeras piedras del infierno que hoy nos corresponde por departamento.
Pensaron ellos que seríamos capaces sus hijos de cuidar el paisaje bocetado, pero, humanos que eran, no contaron con la deshumanización de nuestro sistema político y económico, y cómo, en aras de la competitividad, el mantra de los estultos, destruiríamos la reserva alimentaria y ambiental que ellos habían imaginado.
La declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero, por parte de la Unesco, era ya la alarma principal de la posible desaparición de un ecosistema cultural. Llegó esa declaratoria, gestionada por académicos y cafeteros, con el objeto de preservar lo que ya amenazaba ruina: la sobrevivencia de los caficultores propietarios, la relación laboral con los campesinos rasos, la reserva hídrica y ambiental, las construcciones simbólicas y patrimoniales, en las veredas y en los pueblos. Un mundo que presagiaba un derrumbe definitivo.
La declaratoria —recuerdo el enorme esfuerzo hecho en las universidades públicas, y por lo mismo menciono al docente Gustavo Pinzón— fue una fiesta, hoy derivada en una resaca con envoltorios de plástico por doquier.
Si bien funcionó en un principio como atractivo turístico, los alcaldes y gobernadores de este tiempo, han entendido la declaratoria desde la operatividad de una agencia de viajes, y nunca han comprendido la necesidad de mejorar la calidad de vida de los campesinos, preservar nuestra arquitectura e inventariar las producciones culturales.
Es más, al frente de sus ojos, mientras delegaban en el oportunismo de la Cámara de Comercio de Armenia, lo que no sabía, sobre nuestra gastronomía y sobre la misma taza de café, las hectáreas sembradas han disminuido en forma dramática.
Ya se sabe, sin la intervención de los planes de desarrollo municipal y departamental, o con su omisión descarada, que en Caldas el área sembrada de café ha disminuido un 24 %, en Risaralda un 15 % y en el Quindío un poco más del 37 %. Desaparece, sin conciencia colectiva, el Paisaje Cultural Cafetero.
El factor humano, fantasmal, ha sido ignorado en este decenio de la declaratoria, y solo los negocios pírricos o el comercio, o la improvisación, o los lemas vacíos de significado, han dado vida descolorida a la declaratoria de la Unesco.
Tanto así que, mientras ocurre la desertización de nuestros territorios, el Parque del Café de Montenegro, como una metáfora mortecina, se parece más y más a una anodina ciudad de hierro.
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