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Los gatos acusan al tigre

Umberto Senegal

sábado, 21 febrero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En el libro La gran matanza de gatos, del escritor norteamericano Robert Darnton, puede usted leer: “Armados con mangos de escobas, varillas de las prensas y otros instrumentos de trabajo, un grupo de hombres persiguieron a todos los gatos que pudieron encontrar en los techos y en las cercanías de la imprenta donde laboraban. Apalearon a cuanto felino les salió al paso y, a los que no mataron durante la persecución, los metieron en sacos para luego «someterlos a un juicio público» con guardias, un confesor y un verdugo.

Después de declarar culpables a los animales y darles los «últimos sacramentos», los remataron en patíbulos improvisados. Lo más relevante no fue la crueldad ni la saña de quienes perpetraron esta matanza, sino el ánimo con que la realizaron: ahogados en risas y en un ambiente festivo”. Abelardo no lo leyó. No necesitó afinar, con este, la sevicia de su esparcimiento. Por los incalculables gatitos que asesinó con parafílica felinofobia; por los perros que tal vez haya lastimado; por el presumible abuso contra otros cuadrúpedos, “me crie en Montería, soy costeño”, afirma el  galeofóbico candidato, de los cuales -como sí con su fobia gatuna- no se solazó en la entrevista con Dany Alejandro Hoyos, en The Suso’s Show; por todos aquellos felinos que maúllan justicia  desde su íntimo prontuario de salvajismo antigatuno, Colombia cobrará caro al candidato su sanguinaria crueldad. Millares de animalistas, y personas cuyas mascotas son gatos, no perdonaremos su macabra conducta: atar gatitos en voladores, pirotecnia caliente, diseñados para ascender mediante combustión y detonar en el aire, produciendo ensordecedores estallidos con luminiscencias y coloraciones; y claro, observar con anormal complacencia los destrozados y quemados animalitos que, si alguno sobrevivía arriba, al descender y estrellarse contra el suelo, herido o mutilado, finalizaba su tortura. En votaciones para presidente, hasta personas políticamente impasibles, cobrarán con creces el sufrimiento que el tigre causó a los gatos. Fundaciones, refugios, colectivos independientes; desde organizaciones nacionales hasta grupos locales de animalistas; en centenares de lugares desde donde los gatitos vivos observan su renqueante y cada día más deslucida campaña, hasta personas que no hayan pensado votar por Cepeda -en cuyos magníficos propósitos, cuando asuma la presidencia, figuran derechos de los animales- jamás elegirán al zoopata de los voladores. Usted, candigato, disminuyó y va a perder los votos de todos los colombianos que tienen de mascota un minino. Con el buen trato a los animales, comienza el buen trato a los seres humanos. Usted quemó gatos, incendiando la ternura que se respiraba en las plazas; quemó gatos, chamuscando la ética que promete proteger. Confiésele a Colombia el proceso completo para atraparlos y atarlos a las varas. ¿Es cierto que prefería gatitos recién nacidos porque, para elevarlos, pesaban menos?


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