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Los grandes

Óscar Piedrahíta

lunes, 23 noviembre 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Muchas situaciones particulares se generaron en 2020; año que se encuentra en su recta final y se irá llevándose una gran cantidad de hitos que nos han marcado como humanidad. Uno de ellos, la elevada cifra de fallecimientos en el mundo. Muchos grandes se fueron en este tiempo, unos por Covid–19 y otros por circunstancias … Continuar leyendo

Muchas situaciones particulares se generaron en 2020; año que se encuentra en su recta final y se irá llevándose una gran cantidad de hitos que nos han marcado como humanidad. Uno de ellos, la elevada cifra de fallecimientos en el mundo.

Muchos grandes se fueron en este tiempo, unos por Covid–19 y otros por circunstancias difíciles de comprender… bien dicen que la cita con la muerte jamás puede dejar de cumplirse.

Toda despedida es dolorosa porque trae consigo la ausencia y ella es un vacío sin nombre que causa un dolor indescriptible… Dejar de ver al otro, jamás escuchar su voz, nunca quedarse en los tímpanos con el eco de su risa, dejar de percibir su historia, es la consecuencia funesta de esa partida definitiva. Es la nostalgia la que duele, es el dejar de estar con el otro lo que nos lastima, los cafés que no volverán a degustarse en compañía, la pesadumbre de la respuesta que falta cuando nombramos al que amamos… una nada que lacera.

Muchos grandes se fueron, cuyos nombres tendrán que resonar en el futuro porque su huella es inmensa y su tiempo en esta vida terrenal fue de grandes aportes humanos, profesionales y sociales. 

Cerró sus ojos el médico fisiatra Luis Eduardo Gómez Sabogal, amado integrante de su familia, hermano de Manuel y miembro irremplazable de la comunidad científica, hombre de servicio incondicional, brillante profesional de la medicina… ya no está…

Y se fue Carlos Arturo Delgadillo Triviño, en la mitad de la plenitud que siempre caracterizó su existencia; pues aunque atravesara desiertos de dificultad, él siempre llevaba la primavera puesta y el verano brillando en las pupilas. Carlos era un hombre feliz, agradecido, generoso, bondadoso, que entregaba como regalo en cada encuentro una sonrisa, la cual derramaba alegría y colmaba el alma.

Compartimos un café en un evento empresarial hace un par de meses. Como siempre, la vida le brillaba en la mirada y aun reconociendo que habían sido tiempos complejos para los periodistas, estos de la pandemia, se declaraba en gratitud por estar vivo y saludable, por su esposa, por sus hijos, por su vida que estaba llena de sentido, pues si algo fue Carlos Arturo, fue un hombre con propósito.

Esperaba que fueran muchos otros cafés en el Pasaje Bolívar o en el parque Sucre, esperaba escuchar otra vez su voz, su risa, recibir su cariño siempre tan auténtico y presente… pero no… el manto enigmático de la parca lo abrazó y lo alejó de todos nosotros. Una lluvia implacable empapó su humanidad complicando su enfermedad, la misma que hoy nos inunda el espíritu de tristeza y desconcierto por su adiós.

El dolor por la partida del amigo y colega no puede nombrarse… Cuánto más lo será par a su querida doña Ruth y sus hijos… Queda su imagen perenne en el documental Némesis, su voz en las incontables horas de periodismo activo y actuante que están en los archivos de diferentes medios y su recuerdo.

Este hombre, bogotano de nacimiento y quindiano de corazón, fue un grande, como pocos, y vivirá siempre, porque aquellos no mueren, solamente dejamos de mirarlos, se pierden del paisaje urbano, permanecen en la historia y en el corazón.

“Qué vainas” que se vayan de esta forma… Qué privilegio haber podido conocerlos.


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