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Los nuevos viejos

Jorge López

domingo, 8 febrero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Conozco a un tipo que le teme a la vejez más que una persona tatuada a Nayib Bukele. No le asusta tanto morirse como las arrugas y los achaques. El deterioro. Oler a medicamentos y a orines.

La idea de convertirse en una caricatura de sí mismo. Lo atormenta terminar como un espectro silencioso y encorvado, con los pantalones a la altura de las tetillas, mirando la vida desde una silla plástica. Que no lo maten por lástima o por cobardía.
Se nos ha vendido la idea de que envejecer es convertirse en un observador resignado de la propia vida. En una bolsa de carne incómoda atrapada en un mundo que ya no entiende. Mirar la fiesta amordazado desde la ventana. Un estado inevitablemente oscuro, lleno de frustración, silencio e invisibilidad.

¿Es eso inevitable? Creo que no. Conozco personas arrugadas y canosas con agendas más nutridas que la mía. Hace algunos años conocí a un señor fantástico al que pretendo emular. Jugó tenis, tomó cerveza y consintió a sus nietos hasta el último de sus atardeceres. Fueron ochenta y seis vueltas al sol sin un solo gesto de decrepitud.

Todo indica que ser abuelo dentro de algunas décadas será muy distinto a lo que imagina mi amigo. Los abuelos de mi generación, los millennials, en un alto porcentaje no iremos a misa los domingos, no tendremos un relato trascendental que explique el dolor ni una promesa de compensación después. No habrá cielo por portarse bien ni sentido oculto en el sufrimiento. Muchos creemos que morir es el final de todo, y esa certeza nos obliga a relacionarnos de otra forma con la mortalidad.

Sabemos también lo que es ansiedad, terapia, burnout y dopamina. Nuestros abuelos no sabían ni qué era el colesterol, mucho menos que había uno bueno y otro malo. No tenían etiquetas nutricionales ni vivían rodeados de sellos negros. Tampoco tenían tan claro que el cigarrillo mataba, que el azúcar inflamaba o que la carne procesada tenía algo que ver con el cáncer. Comían lo que había. Fumaban porque sí. Fritaban con manteca y dormían tranquilos sin almohada ortopédica. Nosotros no. Nosotros leemos estudios —no siempre confiables—, desconfiamos del microondas y discutimos si el aceite de coco es mejor que el de aguacate. Llegaremos a viejos sabiendo exactamente de qué nos podemos morir. Y aun así, probablemente, seguiremos teniendo hábitos cuestionables.

También tendremos una relación menos ingenua con el cuerpo. Los abuelos millennials harán crossfit, yoga o ayuno intermitente. Antes el abuelo se moría de repente, muchas veces sin saber bien por qué. El abuelo millennial tendrá un reloj inteligente avisándole que está estresado, mientras se estresa por la notificación.

Tendrá mejor información y acceso inmediato a ella. Con tres videos sobre el tema viral del momento podrá entender de qué hablan los jóvenes. Un acceso que nunca antes fue tan fácil ni tan barato. Sabremos que el sedentarismo mata, que el sol sin bloqueador pasa factura, que el sueño importa. Llegaremos a viejos con una lista interminable de cosas que no deberíamos hacer y una vida entera haciéndolas igual. Pero sin ingenuidad. La ignorancia ya no será excusa. Será elección.

Elon Musk dice que la inteligencia artificial nos llevará a un mundo donde el trabajo será opcional y la abundancia inevitable. Suena hermoso. Cómodo. Y sospechoso. La tecnología nunca ha repartido justicia. Reparte eficiencia. Y la eficiencia rara vez tiene compasión. El problema no es solo de qué vamos a vivir, sino para qué. Qué sentido tendrá levantarse cuando ya no se nos necesite. La automatización exigirá adaptación constante, y ahí los abuelos millennials llevamos ventaja: nos tocó aprender cosas nuevas todo el tiempo. Dietas nuevas. Miedos nuevos. Diagnósticos nuevos. Pandemias nuevas. Cada vez que el mundo cambió, cambiamos con él. A veces por curiosidad. A veces para poder comer.

El abuelo millennial estará en grupos de WhatsApp. Opinará de todo. Discutirá con desconocidos en internet. Tendrá playlists nostálgicas. Cocinará y subirá el resultado a una red social. Será abuelo gamer. Abuelo ciclista. Abuelo de masa madre. Abuelo que se cree joven.

Pero el cambio más fuerte no será estético. Será moral. El abuelo de antes aguantaba. Era experto en resiliencia porque no le quedaba de otra. Nosotros somos algodón de azúcar en agua. Vamos a exigir trato digno. Vamos a hablar de salud mental. Vamos a decir “esto me afecta” sin pedir disculpas. Llegaremos a viejos cansados, informados, ansiosos y lúcidos. No más sabios. No más pacientes. Solo más conscientes.

Tal vez por eso la vejez ya no nos asusta por el final, sino por la lucidez. Porque vamos a envejecer sabiendo demasiado. Sabiendo lo que perdimos, lo que no hicimos, lo que nos hizo daño y aun así elegimos. Los nuevos viejos no seremos mejores. Seremos distintos. Y eso, para bien o para mal, ya es irreversible.


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