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Los veranos por venir

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 29 julio 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Me acabo de dar cuenta de que las goteras, como meteoritos perseguidores, me asedian en cada época. Anoche puse una ponchera azul, con un trapo usado en el fondo, sobre la lavadora ya cubierta. El capitalismo salvaje, esta locura compartida para bien de unos pocos, de sus cuentas bancarias y de sus deseos insatisfechos, y … Continuar leyendo

Me acabo de dar cuenta de que las goteras, como meteoritos perseguidores, me asedian en cada época. Anoche puse una ponchera azul, con un trapo usado en el fondo, sobre la lavadora ya cubierta.

El capitalismo salvaje, esta locura compartida para bien de unos pocos, de sus cuentas bancarias y de sus deseos insatisfechos, y para mal de muchos otros en nuestro país, para los derrotados de entrada en un juego donde las reglas son inequitativas, nos pone de frente a la realidad y a la sensación común del fracaso.

Este capitalismo, en el que nos enterramos por iniciativa propia todos los días, en el lodazal de la ansiedad, nos arrincona contra la sucia pared de la práctica impuesta de competir para destruirnos, para declarar a alguien vencedor sobre la miseria de los demás.

La narrativa de este capitalismo objetivo, pragmático a rabiar, basado en la obesidad del inventario individual, es la manipulación básica de la subjetividad de una clase media, emergente y crédula, que se quiere parecer, a como dé lugar, a los propietarios de la cancha.

Me refiero, obvio, a esa niebla subjetiva y explícita en los desarrollos de la nueva era, que tiene libros de autoayuda como biblias, músicas ágiles como bandas sonoras, frases de eslogan y cajón para animar y, en especial, que cuenta con medios de comunicación y redes sociales para transmitir sus mensajes edulcorados y repetitivos.

El escenario subjetivo creado por la industrialización del deseo, incumplido, se soporta en dos conceptos primarios: solo el individuo, su mente positiva, transforma la realidad, soliviantada por él, y que el sistema queda ahí, incólume, como el dinosaurio o como el árbitro interesado. Puro positivismo tóxico que pretende la mermelada de la felicidad sólo si se anuncia. Hoy, muchos decretan sus falsas alegrías, se mienten a sí mismos y llenan sus bolsillos, desfondados, de frustración real.

El capitalismo utilitarista entrampa al individuo y lo pone a imaginar que su suerte depende de él en exclusiva, como si fuera cierta y universal la excepción a la regla. Es contra natura que el relámpago represente a todas las luces del firmamento.

La otra gran emboscada de esa subjetividad funcional, para los jóvenes, es que el emprenderismo, la iniciativa privada, configura una especie de paraíso planetario. Esa creencia impulsa a los novatos y desposeídos a acceder, sin cautela y mampara, a la iglesia inmisericorde de la competitividad.

En Colombia, el gobierno entrante nos debe devolver a las fuentes primordiales del humanismo. A una educación menos tecnocrática, menos mercantilista y, claro, más solidaria con los otros y con la naturaleza. Un neo humanismo que nos salve de nosotros mismos. La cultura, las múltiples expresiones y modos dulces de vivir, nos puede poner de nuevo al borde de la esperanza.

Las goteras de mi casa, a veces invasivas, me permiten pensar en la persistencia, casi infinita, del espíritu. El agua nos devuelve el alma. Mi casa está lista para recibir los vientos de un verano premonitorio.
 


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