La vida es un viaje: inicia con el nacimiento y culmina —en esta dimensión— con la muerte. Constituye una experiencia, que es diferente para cada persona y cuenta con dos condiciones: permite acumular sensaciones y saberes e impacta a otros, propiciándoles la posibilidad de sentir y aprender… De eso se trata existir… Algunos van acumulando … Continuar leyendo
La vida es un viaje: inicia con el nacimiento y culmina —en esta dimensión— con la muerte. Constituye una experiencia, que es diferente para cada persona y cuenta con dos condiciones: permite acumular sensaciones y saberes e impacta a otros, propiciándoles la posibilidad de sentir y aprender… De eso se trata existir…
Algunos van acumulando veranos en la piel, suman cansancio en sus poros… La fatiga de los años se les va poniendo encima, hasta que se torna tan pesada, que es preciso partir. Fallecen… luego de un periplo extenso, cuando el alma se agota y quiere ir al siguiente nivel.
Por eso, para muchos es más aceptable —no menos doloroso—, que las personas que mueren tengan mucha edad y hayan trasegado lo suficiente.
No fue así para Luisa Fernanda Ospina Madera, mujer invaluable, maestra inolvidable, que partió de este mundo cuando su piel estaba fresca… no tuvo tiempo de agotarse, su energía vital era nueva y sus fuerzas para hacer lo que amaba, permanecían intactas.
Se parte a la eternidad cuando está la mirada cansada, porque se han observado tantos paisajes y rostros, que de tanto ver, se quiere cerrar los ojos para apagar esa cámara que va colmando la mente de fotografías… cuando el álbum de recuerdos tiene tantas páginas, que le genera peso al pensamiento. No fue así para ella… tenía los ojos abiertos al asombro, al descubrimiento de lo nuevo.
Tanto sin ver, rostros de amigos que aún no le habían presentado, lugares por descubrir… No había visto lo suficiente.
Se muere, cuando la voz dijo mucho, cuando se elevó para declarar el amor y profesar la amargura, cuando se ocupó de denunciar y proponer, gritar de júbilo o indignación, transformar en palabras la corriente imparable del pensamiento… Cuando ya se ha dicho tanto, que pocos sonidos cuentan con el eco de la novedad. Ella no… Había pronunciado cosas de importancia radical y le faltaba todavía. Tenía la mente colmada de ideas que no alcanzaron a volverse audibles.
Se fallece, cuando los pasos se tornan lentos porque se ha andado mucho. Cuando los pies están callosos por exceso de caminos y, por tanto divagar, las piernas quieren detenerse y quedar en la placidez del movimiento ausente… Ella no. Había caminado sí, porque tenía vocación de peregrina. Fueron muchas las marchas en las que anduvo firme, reclamando derechos de los maestros. Sin embargo, no fueron suficientes sus pasos y quedaron muchos senderos, huérfanos de su eco.
Se fue Luisa Fernanda Ospina Madera y lo hizo muy pronto… su existencia fue breve, aunque intensa, aportante y bella. Nos quedamos sin ella y hace falta. Queda la posibilidad de honrarla y siempre recordarla.
En su honor, las palabras de Eduardo Galeano: “Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.
Era imposible estar cerca de esta gran líder sin encenderse.
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