Los años ochenta eran los tiempos de la fantasía personal. Corrían a la par de la consigna de Belisario Betancur Cuartas, el candidato conservador, quien recitaba con su voz de declamador el “sí se puede”. Y así pensábamos, con impunidad, que si se podía: enamorar damas, fundar revistas literarias, soñar con ser un escritor prolífico … Continuar leyendo
Los años ochenta eran los tiempos de la fantasía personal. Corrían a la par de la consigna de Belisario Betancur Cuartas, el candidato conservador, quien recitaba con su voz de declamador el “sí se puede”.
Y así pensábamos, con impunidad, que si se podía: enamorar damas, fundar revistas literarias, soñar con ser un escritor prolífico y ganar dinero para tomar ron Viejo de Caldas. El país, un viernes como hoy, era el mismo miércoles de siempre.
Al final pocas cosas se recuerdan: a los amores idos, y a nuestros maestros de esa época, quienes propalaban el amor a la poesía y a cierta ética civilista, vinculada con un humanismo activo, extraviado en la actualidad.
Pienso hoy en don Gonzalo Gutiérrez, profesor venido de Pácora a Calarcá, como el maestro que nos enseñó a amar los libros en el mítico colegio Jorge Robledo. Recuerdo a docentes de la universidad como Luis Eduardo Álvarez, a Eduardo Palacio, al peruano Jorge Ramos, a las profesoras Blanca Cecilia Ramos y a Zahyra Camargo, quienes rezumaban amor por la literatura y por sus estudiantes.
Desde ese tiempo, en el edificio antiguo de la universidad, conocí a Carlos Alberto Castrillón, maestro de la crítica y el argumento, y de inmediato se convirtió en un referente para nuestra generación. No era el hombre más simpático, pero si estaba presto para ejercer, como estudiante o docente luego, su espíritu de pedagogo.
Vimos, por ese tiempo, cuando viajó a Rusia por ser el ganador de un premio de poesía y cómo, poco a poco, fue llenando de significado humanístico y crítico a la Universidad del Quindío, y cómo extendió su influencia, investigadora, a la Tecnológica de Pereira y a cuanto centímetro de vida y de acción didáctica le propiciaban.
Alguna vez lo vi fundar su revista Sonorilo, y me pareció inverosímil su pasión por el esperanto, un experimento lingüístico que a muchos les permitió abrir puertas en otras regiones. Hay siempre en Carlos Alberto el deseo de traernos el mundo, la universalidad, a este matorral de guaduales.
Cuando fundamos el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, ya sabíamos, sin él decirlo, que nos apoyaría. Lo sabíamos porque su lucha por propiciar el acceso a la literatura colombiana, y su generosidad silenciosa, sin aspavientos, ya era leyenda. Jamás, sin abandonar su espíritu académico y crítico, ha dejado Carlos Alberto de apoyar, con su trabajo o aportes, las iniciativas de sus conciudadanos.
Ha sido fundamental su apoyo intelectual, y hasta sus dotes de diagramador y diseñador, en la creación y consolidación de la Biblioteca de Autores Quindianos. Es un maestro, en el sentido cabal y figurado de la palabra.
Significa mucho Carlos Alberto Castrillón para todos los quindianos. Nos ha dotado de la memoria y de la obra de autores regionales y en especial nos ha confrontado con la necesidad de mirarnos, sin pena o con ella, en la producción estética de los nuestros.
Lo necesitamos por su honradez intelectual y por su vida sin par.
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