La destrucción deliberada del humanismo en las sociedades contemporáneas nos ha puesto de frente a lo peor del individuo. Al estallarnos en la cara el fracaso del modelo comunista, de su configuración de privilegios para las camarillas oficiales, salieron a flote también proclividades oscuras en cada nación. Rusia, por ejemplo, deificó la personalidad absolutista, al … Continuar leyendo
La destrucción deliberada del humanismo en las sociedades contemporáneas nos ha puesto de frente a lo peor del individuo. Al estallarnos en la cara el fracaso del modelo comunista, de su configuración de privilegios para las camarillas oficiales, salieron a flote también proclividades oscuras en cada nación.
Rusia, por ejemplo, deificó la personalidad absolutista, al acogerse a la idea antigua del padrecito, del zar, que todo lo ve y lo domina. Estados Unidos descansó su ilusión en la magia de un mercado que solo enriquece al dueño del teatro. Gran Bretaña, con su thatcherismo aún vigente, hundió las raíces de su economía en un capitalismo insensible.
Los chinos, por su parte, entendieron que la insaciabilidad del mercado en Occidente, su lujuria monetaria, era un caldo de cultivo para su anhelo expansionista, y así fueron comprando, a huevo, tierras, papeles financieros, subsuelos y fuentes de agua en países en desarrollo para amarrar soberanías y condicionar un nuevo orden mundial.
Nos queda al final un rebrote de nacionalismos hirsutos que, si no fuera por lo trágico de su irrupción, deberían dar risa.
La estulticia de Jair Bolsonaro en Brasil, con su ignorancia a todo trapo en relación con la salubridad pública y la Amazonía; o la desfachatez de Donald Trump, embaucando a los blancos ignorantes de su país en un fraude electoral inexistente; o la retahíla de Uribe, de su risible castrochavismo, hacen la delicia de los caricaturistas, sí, pero siembran de dolor, hambre y desasosiego a los más vulnerables en cada país.
¿Cómo enfrentar este caos universal, en medio de una pandemia que reveló la precariedad de los sistemas de salud, de la educación virtual y de la seguridad alimentaria?
No hay respuestas unánimes y si pregunta múltiples que nos podrían poner en el camino de recuperar un atisbo de esperanza.
¿Entienden nuestros dirigentes que apenas termina el siglo veinte y que detonó en nuestras narices una bomba virtual, cuyos efectos apenas vemos? ¿Comprenden que la diversidad y la multiculturalidad nos enfrentan a otra realidad y nos desafían a otras interpretaciones sociales? ¿Entienden que las formas comunicativas cambiaron y que el fondo y el mensaje se ven afectados por lo provisional, lo efímero y lo veloz de las nuevas lógicas?
La complejidad de las preguntas no debería distraernos de pensar quiénes son los responsables de la debacle y cómo podemos afrontarla desde la imaginación, claro, pero también desde la sensibilidad. Ahí está nuestra supervivencia como especie, en poder construir un manual para lavar la ropa sucia y reflexionar el presente.
Los jóvenes señalan un camino. Su orgánico enamoramiento de la naturaleza, cosificada por los abuelos y padres, enseñan la ruta hacia un espíritu universal, humanizado y cosido a la tierra.
El camino de la auto devastación ya casi llega a su fin. Lo que vemos, este caos, es el estertor de un modo de vida. Ya doblamos en la esquina que conduce a las luces de una nueva civilidad.
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