Una nación como la nuestra, conformada por regiones olvidadas y periféricas, sumida todavía en el lodazal de las venganzas, destrozada por las lancetas diarias del dolor, no podría sobrevivir sin sus fuerzas armadas. Lograron ellas, cuando eran grupos subversivos, escuadrones insurgentes, la independencia de Colombia, y durante más de doscientos años han podido mantener, con … Continuar leyendo
Una nación como la nuestra, conformada por regiones olvidadas y periféricas, sumida todavía en el lodazal de las venganzas, destrozada por las lancetas diarias del dolor, no podría sobrevivir sin sus fuerzas armadas. Lograron ellas, cuando eran grupos subversivos, escuadrones insurgentes, la independencia de Colombia, y durante más de doscientos años han podido mantener, con las armas, el andamiaje de la República. Sobrevivimos en el pasado, como país, gracias a ellas.
No obstante, los vastos y estruendosos desfiles de la fuerza pública el 20 de julio en las principales ciudades del país, el afán del gobierno saliente por evidenciar el predominio de esos gestos de guerra, deberían, más que preocuparnos, indignarnos.
Si bien la fuerza pública también ha sido víctima en esta prolongada y estéril guerra, el país, según el informe de la Comisión de la Verdad, requiere desmontar esas lógicas de la muerte, que nos han llevado a la incubación, casi constante, de múltiples enconos que se entrecruzan y nos desquician.
Ese desfile militar es, para millares de víctimas por cuenta de la fuerza pública, y de los paramilitares, una vergüenza. No puede ser que los altos mandos adoctrinen en ese sistema de la muerte, y de la soberbia con la posesión de las armas, a los jóvenes.
Bien se sabe, desde hace un tiempo, que una parte de la fuerza pública está inficionada por los dineros del narcotráfico. ¿Le tenemos miedo a la verdad que duele, cuyo significado es que el heroísmo es una falsa narrativa de los comandantes de la fuerza pública?
Como lo investigó la Comisión de la Verdad, desde los años setenta, se tejió una trama de la policía y el narcotráfico, con una puerta giratoria de las fuerzas armadas hacia los ejércitos privados de los carteles.
Buena parte del cartel del norte del Valle del Cauca, así lo dice el Informe, fue constituido por ex policías. Hay testimonios, en manos de la justicia norteamericana, que revelan que más del 80% de los comandantes llegados al Valle del Cauca estaban pagados por las nóminas de las bandas del tráfico de drogas.
Para nadie es un secreto que algunos generales del ejército y la policía, y decenas de oficiales, están vinculados con los carteles mexicanos, y que su apego enfermizo a las actividades guerreristas y antisubversivas, si bien pueden explicarse, también son excusa para disimular intereses patrimoniales o de capitales personales.
Nadie niega que la fuerza pública paga un alto precio, con vidas y heridos, en esta demente extensión de guerras territoriales. Pero las víctimas, como pasa con los guerrilleros, son hijos de la Colombia pobre, de una población de excluidos que encuentra en un arma, en sus percutores, una falaz ilusión de esperanza.
No me enorgullecen las armas exhibidas, las aceitadas máquinas de guerra en movimiento o el patrioterismo de circo mostrado en los desfiles militares. La vida, más allá de esos eventos de perfomance, de masculinidad y humo, merece otros lenguajes y ritos y otras expresiones ciudadanas.
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