Alguna vez abrí una librería en Calarcá. Fue una estrella díscola en una noche oscura. Eran años antes del Covid 19, un momento difícil para mi vida y al mismo tiempo una puerta abierta a otras experiencias. Resumen de ese momento: mucho miedo y la sensación de entrar, por una trocha árida, en un mundo desconocido
Por esos días, además de levantarme con susto e ilusión al mismo tiempo, empezaron a llegar a mi casa, Librería La Casa, tres mujeres, muchachas todas ellas con la esperanza de pisar un territorio propio en el Quindío.
Cuando digo de un territorio propio, fijo, me refiero a cosas simples: ellas deseaban, como casi todas nuestras jóvenes, una mirada de respeto por su universo corporal y espiritual; una palabra de afecto por sus historias personales y, también, un abrazo legítimo a sus terrores y esperanzas.
Era una dicha verlas juntas: las tres reían como si el mundo fuera un sitio seguro. Sabíamos, ellas y yo, que no lo era y no lo es, menos cuando alguna parte del ojo masculino las vigila o las sigue, así sea con esa admiración prestada por la cultura de los hombres.
A la primera, la Crespa, pude escucharla y ver y aprender de ella una fuerza que, para ambos, creo aún era y es invisible. Ella no sabía cómo enfrentar una ominosa cotidianidad, pero de todos modos su talante y su carácter permitían pensar que sus adversarios, convenientes, serían al final derrotados por esa energía que provenía de alguna parte.
Sombras, sombras, y un brillo incandescente en sus ojos. Luz, para masticar en una mañana de hambres. De memoria viva, en Génova o en Calarcá. Ella, una tarde se fue, y luego volvió. Volverá en la ola de sus palabras, creo, que terminará salvándola. La lectura, más que la escritura, nos jala del fondo.
A la segunda, La Jess, era más fácil percibirla y entenderla. El amor de su casa, sus lógicas, construidas en amalgama de razón y dosis de imaginación, dejaban ver una muchacha práctica, de principios, medios y finales claros. La Jess, entonces, podía vivir y adaptarse más fácil al mundo contemporáneo. Aún la veo y la pienso como propia para transformar nuestros entornos. No creo que se pierda en las inquietudes vanas de los miedos comunes.
Y ya llegó María Fernanda y ya se fue. Fumaba y reía al mismo tiempo, y aspiraba con el humo una leve ironía, poco notable en sus palabras. Porque sus decires estaban ahítos de empatía por el otro y por las otras. Alternativa, si, y lectora atenta.
Alguna vez le conté una pena de amor, fortuita, y ella tomó su moto, fue a Ventanilla Verde por unos limones, una gelatina negra, unas mandarinas y otros presentes vegetales, y sirvió de mensajera, y logró su cometido de aliviarme el espíritu.
Jóse, me decía, y me hablaba de su mamá, y de la bondad de ella, de su amor por la nieta, y de los retos de un viaje posible a España de la niña. La niña de sus ojos. (Menos, pero seguimos).
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