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María Fernanda Fernández (1)

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 17 octubre 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Alguna vez abrí una librería en Calarcá. Fue una estrella díscola en una noche oscura. Eran años antes del Covid 19, un momento difícil para mi vida y al mismo tiempo una puerta abierta a otras experiencias. Resumen de ese momento: mucho miedo y la sensación de entrar, por una trocha árida, en un mundo desconocido

Por esos días, además de levantarme con susto e ilusión al mismo tiempo, empezaron a llegar a mi casa, Librería La Casa, tres mujeres, muchachas todas ellas con la esperanza de pisar un territorio propio en el Quindío.

Cuando digo de un territorio propio, fijo, me refiero a cosas simples: ellas deseaban, como casi todas nuestras jóvenes, una mirada de respeto por su universo corporal y espiritual; una palabra de afecto por sus historias personales y, también, un abrazo legítimo a sus terrores y esperanzas.

Era una dicha verlas juntas: las tres reían como si el mundo fuera un sitio seguro. Sabíamos, ellas y yo, que no lo era y no lo es, menos cuando alguna parte del ojo masculino las vigila o las sigue, así sea con esa admiración prestada por la cultura de los hombres.

A la primera, la Crespa, pude escucharla y ver y aprender de ella una fuerza que, para ambos, creo aún era y es invisible. Ella no sabía cómo enfrentar una ominosa cotidianidad, pero de todos modos su talante y su carácter permitían pensar que sus adversarios, convenientes, serían al final derrotados por esa energía que provenía de alguna parte.

Sombras, sombras, y un brillo incandescente en sus ojos. Luz, para masticar en una mañana de hambres. De memoria viva, en Génova o en Calarcá. Ella, una tarde se fue, y luego volvió. Volverá en la ola de sus palabras, creo, que terminará salvándola. La lectura, más que la escritura, nos jala del fondo.

A la segunda, La Jess, era más fácil percibirla y entenderla. El amor de su casa, sus lógicas, construidas en amalgama de razón y dosis de imaginación, dejaban ver una muchacha práctica, de principios, medios y finales claros. La Jess, entonces, podía vivir y adaptarse más fácil al mundo contemporáneo. Aún la veo y la pienso como propia para transformar nuestros entornos. No creo que se pierda en las inquietudes vanas de los miedos comunes.

Y ya llegó María Fernanda y ya se fue. Fumaba y reía al mismo tiempo, y aspiraba con el humo una leve ironía, poco notable en sus palabras. Porque sus decires estaban ahítos de empatía por el otro y por las otras. Alternativa, si, y lectora atenta.

Alguna vez le conté una pena de amor, fortuita, y ella tomó su moto, fue a Ventanilla Verde por unos limones, una gelatina negra, unas mandarinas y otros presentes vegetales, y sirvió de mensajera, y logró su cometido de aliviarme el espíritu.

Jóse, me decía, y me hablaba de su mamá, y de la bondad de ella, de su amor por la nieta, y de los retos de un viaje posible a España de la niña. La niña de sus ojos. (Menos, pero seguimos).


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