María Fernanda deja lecciones que deberíamos asumir. Su sentido de la independencia, a pesar de sus vicisitudes y limitaciones, y del mismo apego a sus seres queridos.
Su dulzura, terrible y bella para estos tiempos donde nuestro único instrumento quirúrgico, acerado e indestructible, es la ternura. Es una emoción y un gesto, plenos, de resistencia cultural contra la ego-manía de tantas personas a nuestro alrededor. Y digo de lo terrible de la dulzura porque algunos estiman que es revolucionaria aquí, en la llamada por algún filósofo la sociedad del cansancio. Yo diría la sociedad de la indolencia por el otro.
María Fernanda finiquitaba en el humo de su cigarrillo – que sacaba del fondo de su tranquilidad- una contradicción que no guardaba para sí misma, para volverla personal y específica: era solo un escollo, que podía saltar mientras se alejaba a los territorios de sus soledades gatunas. Reía, mientras caminaba hacia la incertidumbre.
Uno sabía, al verla, que ella discrepaba del sistema pero que no encontraba, no se lo permitía la coyuntura, expandir a sus anchas el pensamiento y escribir lo que sentía y compartirlo. Buscaba en sus amigos, casi todos hombres, un sentido de la autonomía que la llevara de alguna manera a tener su habitación propia, como Virginia Wolf.
Cada vez que pienso en la risa de María Fernanda, llana y lisa, recuerdo la misma de Carlos Alberto Villegas Uribe, que reía tanto más y con tanta fuerza que llegó a escribir una tesis para su doctorado sobre ese fenómeno subversivo que es la carcajada. Ella era la sublevada, María Fernanda, porque en medio de tristeza o alegría sacaba de debajo de su manga una risa limpia.
En los baches de su enfermedad, quería desdramatizar su proceso, aunque fuera cansado y doloroso para ella.
Su relación con nosotros, con los integrantes de la Fundación Torre de Palabras y con el Encuentro Nacional de Escritores siempre fue muy libre. Ella decidía cuándo y cómo quería estar y casi siempre, al igual que en el Festival de Carmelina Soto, elegía trabajar en instituciones educativas y, con preferencia, en la cárcel de mujeres de Armenia.
Sentía una solidaridad orgánica por las mujeres que estaban encarceladas y quería, de todas las maneras, acompañarlas, buscar a través de la lectura y escritura una liberación para sus emociones. Liberarlas de sus demonios (y ángeles), aunque ella misma fuera una descreída de asuntos religiosos.
Imaginó siempre no causarle dolores a doña Nelly, como pensó hasta último momento que su Juanita fuera feliz, en España. La amaba, sin el ego posesivo o el temor intenso de las mamás tradicionales.
¿Para dónde se fue María Fernanda?
En la cultura egipcia Osiris juzgaba a los muertos, según su paso por la vida. Los pesaba, contra la pluma de Maat, diosa de la verdad y el orden, y si el gramaje era igual o menor era un alma justa y podía pasar a los campos de Laru.
María Fernanda era un alma delgada y reluciente. Vive en el campo, en el alma, de Juanita, de su madre y de Tatiana y Jesica.
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