El holocausto del Palacio de Justicia aparece como titular escabroso cuarenta años después de su terrible ocurrencia, una aterradora toma sangrienta del llamado M-19 y la violenta retoma de las fuerzas militares, probablemente uno de los hechos más dolorosos de la historia reciente del país.
Con suficiente información de los hechos y la evaluación más serena que permite el paso del tiempo, es imposible negar que fue una cadena ensangrentada de brutalidades infames, empezando por la toma terrorista y desde luego, por el manejo distante y evasivo del gobierno de la época presidido por Belisario Betancur.
El palacio reconstruido es un bello edificio que alberga los altos tribunales nacionales y recorrerlo ahora como lo hemos hecho, pareciera sepultar las cenizas en que lo convirtió la encendida violencia entre los colombianos que no cesa.
En una nota reciente (1) el brillante escritor Mauricio García Villegas -autor de mis afectos- narra su actual estadía en Alemania, atendiendo una invitación especial, para hablar de la literatura de la violencia en Colombia. No es un tema menor como se puede percibir, que le permitió a la anfitriona profesora Verena Dolle incursionar sobre el holocausto nazi de la segunda guerra mundial. En su explicación de la eterna violencia en nuestra patria, le sobran razones al ilustre escritor caldense: “(…) Otra característica de la violencia en Colombia es la larga duración en el tiempo y el espacio, como si fuera una llaga social que nunca sana del todo, que supura, gota a gota, a lo largo de los años y las décadas(…)”, y agrega más adelante: “ Digo todo esto con la esperanza de que la conmemoración de los cuarenta años de la toma del Palacio de Justicia sean una oportunidad para superar la visión de Colombia como una sociedad en guerra consigo misma(…) “.
Que no solo en estos días de tristes recuerdos sintamos en el fondo del alma la necesidad de doblar la dolorosa página, sino que las decisiones del inmediato futuro, tiendan a marcar un rumbo diferente a la nación entera.
Así se percibe, es cierto, cuando los colombianos tenemos la oportunidad de desechar los extremos políticos e ideológicos, buscando aclimatar reconciliación nacional amplia y sin rencores, alentando la posibilidad de ahuyentar los extremos y aclimatando un espectro central, sin odios y con amplias convicciones democráticas. Así termina precisamente el escritor García:” (…) Pero para lograr esto, lo primero que debemos hacer es dejar de ver a una parte de la sociedad como enemiga de la otra parte”.
La más amplia y necesaria reconciliación que haga posible florecer la paz y la concordia. Es la decisión patriótica que se avizora en el horizonte, espero que sea así cuando empieza el fin del peor gobierno de nuestra historia republicana.
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Álvaro Gómez Hurtado.
Cómo bien lo escribió el maestro García Márquez, vivir para contarlo, en este caso, el inesperado y maravilloso hecho de haber trabajado con el inmolado líder, él como embajador de Colombia en Francia y en mi caso como cónsul general encargado. Un personaje fuera de serie, brillante, inteligente y talentoso, un jefe inigualable, sencillo y cordial al extremo. En mi corazón llevo su imagen y personalidad magnífica, su señorío, ahora que se cumple un aniversario de su vil asesinato. Consigno con dolor su partida, como la eliminación de uno de los más grandes hombres de la patria, siempre en el recuerdo agradecido.
- García Villegas, Mauricio. Palabras para nombrar la violencia. El Espectador. 02-11-25.
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