José Ignacio Pineda Marín fue el primer vicepárroco que tuvo Calarcá en 1889, encargado para construir una capilla católica en la plaza principal. En 1945, ya crecido ese templo, con tres torres y tres imágenes de frente sobre tres puertas de entrada, un campanario y reloj, le decían “la catedral” de San José. Era párroco … Continuar leyendo
José Ignacio Pineda Marín fue el primer vicepárroco que tuvo Calarcá en 1889, encargado para construir una capilla católica en la plaza principal. En 1945, ya crecido ese templo, con tres torres y tres imágenes de frente sobre tres puertas de entrada, un campanario y reloj, le decían “la catedral” de San José. Era párroco Eduardo Botero, tío de Iván y Helí López Botero, el que por su enfermedad y muerte es reemplazado en 1946 por Luis Alzate Calderón, proveniente de Filadelfia y Aranzazu, Caldas, apodado “Pategato” (no se escuchaba caminar), quien con mucho entusiasmo manejaba la feligresía católica. Calarcá tenía una iglesia bellísima, con grandes imágenes en bien labradas columnas y capiteles, púlpito con techo y unas lámparas de exposición que le daban sobriedad y elegancia al templo. Alzate se retira 20 años después (1966) y llegó Gabriel Luján dos años y después Fernando López 10 años, quienes en 12 años acabaron ese hermoso templo, convirtiéndolo en bodega para arrumar bultos de gente; tumbaron columnas, la estucaron, quitaron imágenes, fría, sin gracia y Aladino se quedó con las costosísimas lámparas. No había más para acabar. ¡Qué pesar! En los 25 años siguientes, los párrocos solamente levantaron un altar y dos ambones en mármol. Con Luis Diego Laverde y otros curas, en 2003, instalaron bellísimos vitrales y resaltaron la nave central y sus laterales. Después todo quieto hasta 2020, cuando en plena pandemia llegó Wilson Hincapié y aprovechando el cierre, desempolvó y retocó muchas imágenes que la pereza mantenía guardadas. Wilson es tecnólogo en mercadeo, misionero, antioqueño, que se hizo sacerdote en el Quindío, cuyo prestigio cuenta haber hecho el templo de Las Colinas y restaurado a Nuestra Señora de Chiquinquirá en La Adiela, al mismo tiempo. Asombroso.
Este año, Wilson abre las puertas de San José para que los fieles regresen a “la catedral”. Como en las basílicas menores, en Calarcá, San José, Jesucristo y el “Altísimo” cuentan con nave especial, separados por adornadas mallas metálicas. El techo ha sido totalmente recuperado, nuevas lámparas, las imágenes lucen retocadas y bonitas, además el “Pasaje del Viacrucis” expone a la Virgen, al Nazareno, el Crucifijo de los Milagros de Buga, el Cristo yacente o bajado de la Cruz, el Señor de la divina Misericordia, el Resucitado y los hermosos y costosos vitrales de la pasión. Para tomar fotos.
La espectacular Virgen “Dolorosa”, traída de Barcelona, España, que solamente mostraban una hora el Sábado Santo, ya es exhibida permanentemente. Cumplirá 100 años en 2025 y en un gran vitral estará vestida con el manto más grande de Colombia, donado por los calarqueños cuando “Pategato” pidió la plata, montado con ella en una camioneta de estacas. De España llegaron dos Mercedes, patrona (no matrona) de los reclusos, talladas en madera, una expuesta en Calarcá y otra para Circasia, que el incendio quemó el 12 de febrero de 2009.
Calarcá, que aparte de excelentes poetas, escritores y cafeterías, Jardín Botánico, el Mariposario y el túnel de La Línea distante 22 kilómetros no mostraba más, provocará en la iglesia San José la admiración de los visitantes. Eso se debe a entusiastas como Everardo Téllez, Alberto Londoño, el cura Napoleón, los colaboradores de bingos religiosos y consumidores de empanadas vaticanas (con papa solamente), muchos voluntarios y el cura Wilson Hincapié, quienes decidieron que esta catedral recuperara la imagen que nunca debió perder.
Punto seguido: Se reconoce en Monseñor Carlos Arturo Quintero su entusiasta apoyo al proceso y autorizará abrir San José para turismo religioso, todo el día.
Dos puntos: San Juan Bautista, templo frente al restaurante de los pajaritos, manejado por el padre historiador Hugo Mario Nosa, también gana aplausos.
Punto y aparte: Acostumbrados a pedir “una medallita padre”, es hora que el gobierno calarqueño le devuelva una al padre Wilson.
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