Le he visto bajar la ventana y poner sus manos como soporte en el marco negro de la puerta, con el fin de asentar su mentón y así sentir de mejor manera el viento en su rostro.
Se ha quedado largo tiempo allí, observando todo lo que alcanzaban sus ojos. Algunas veces, reparaba con sumo cuidado lo que encontraba su mirar. Otras, simplemente, dejaba que el existir de cualquier objeto fuera pasajero, fugaz.
La tarde estaba a medio andar, así que el sol tenía un curso descendente, justo para pronto esconderse sobre las montañas de color verde botella. Los rayos daban una luz con tonos que producen alegría y se reflejaba de mejor manera en el rostro de él. El viento pegaba en sus mejillas de una manera bella. No eran mis cachetes, pero sentía que producía una caricia tan leve como la brisa cerca a la playa y tan fuerte como aquellos vientos de agosto.
Tuve que seguir conduciendo, mirando hacia adelante, estando atento del camino, pero no dejaba de pegarle un vistazo por el retrovisor. Alcanzaba a ver su copete de un lado hacia el otro, tal como las guaduas se estremecen en medio de un vendaval. Observaba el movimiento de su cuello luego de ver algún carro que le interesara. Movía su cabeza cuando quería leer los avisos de tránsito o las variadas publicidades.
Pasaron cerca de treinta minutos y él seguía allí. Me cautivaron esos instantes en los que entrecerraba sus ojos y quedaba con el tamaño de unos ojos chinos. Reflejaba con la distensión de su cara que en ese momento sentía con mayor intensidad la brisa en cada uno de sus poros. Incluso, logró respirar unas cuantas veces de una manera tan profunda que parecía un paciente obediente luego de que su médico le pide que respire fuerte.
Me gustaba tanto esa escena que hubiese dado lo que fuera por estar afuera, mirando desde cualquier ángulo a ese niño de siete años que parecía enmarcado en un cuadro del mejor artista. Estaba él siendo feliz con el viento y el paisaje. Y yo, logré vincularme a un momento que solo producía calma.
Quise, entonces, romper el silencio y preguntarle sobre lo que pasaba por su cabeza. Él me respondió de una manera simple que solo le gustaba ver los carros, con sus formas y colores y los diferentes objetos de afuera. No quise insistirle más. Me hizo saber que el disfrute de ese momento trascendía a las palabras.
Pensé por un momento en la majestuosidad de la niñez: se necesita bastante poco para disfrutar de la vida, pudiéndola contemplar en todo momento. Asimismo, pude comprobar que no había mejor metáfora que esta para la existencia: mientras vamos moviéndonos, dejando todo a nuestro paso, comprobamos que, si aprendemos a hacerlo, podemos disfrutar lo que vivimos, incluso mientras el tiempo y el viento siguen su curso.
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