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Mujeres públicas

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 26 febrero 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El progreso de algunas civilizaciones, su crecimiento económico, dejó heridas profundas en las vértebras del planeta.  Se configuró una ética de lo efímero y una estética de la uniformidad, solo divergente para algunas clases sociales por la creación de una micromoda de la exclusividad. Lo VIP —Very important person—  o la fantasía de la diferencia … Continuar leyendo

El progreso de algunas civilizaciones, su crecimiento económico, dejó heridas profundas en las vértebras del planeta.  Se configuró una ética de lo efímero y una estética de la uniformidad, solo divergente para algunas clases sociales por la creación de una micromoda de la exclusividad. Lo VIP —Very important person—  o la fantasía de la diferencia por cuenta del arribismo.
Ese progreso positivista, una variable liberal que derrapó en radicalismos de consumo, dejó a seres vivos y poblaciones enteras por fuera del radio del mercado y del Estado, y constituyó minorías obligadas, desplazadas de sus centros de sobrevivencia. Nada es más revolucionario que el conservadurismo relacionado con la naturaleza y con la esencia femenina en el universo. Vaya paradoja.
Los movimientos feministas, de géneros diversos, y los defensores del ambientalismo y animalismo hoy responden al desafío de neutralizar la devastación, en esos campos, del capitalismo salvaje. 
Revelan éticas de las nuevas generaciones, que exigen otros medios comunicativos, lejos del partidismo asfixiante o de las televisoras y emisoras ya condicionadas por las megaempresas y multinacionales. 
La aparición y consolidación en Colombia de la voz femenina es indispensable en el debate público: desde Patricia Linares, en la Jurisdicción Especial para la Paz; Goyo y Francia Márquez en la vocería del Pacífico; Andrea Echeverri por los músicos contemporáneos; Laura Restrepo y Pilar Quintana por las escritoras e intelectuales, hasta Ángela María Robledo en los partidos políticos, y tantas otras; o ahora la presencia serena y reflexiva de Margarita Rosa de Francisco, como opinión disruptiva de una comunidad nacida con los derechos, muchos aún sin estrenar, de la Constitución de 1991.
A Margarita Rosa, más que a otras estrellas de la farándula, la hemos querido por su talento y belleza, y  porque su construcción de algunos personajes, como la Niña Mencha en Gallito Ramírez, Gaviota en Café, con aroma de mujer, en Las Hinojosa, en La madre, como Raquel en Paraíso travel, o como doña Ruth en La Ranga,  serie de la página Web, donde se burla de sí misma, nos deslumbró por su facilidad de mostrarnos, detrás o a pesar de su contextura física, la desfiguración o la ternura del alma.
Margarita Rosa es un fenómeno social como columnista y comentarista de la vida nacional, en las redes virtuales y en medios, porque reflexiona sin ataduras comerciales, sin patrones a la vista y representa a la colombiana que se hace, en contra del patriarcalismo y del machismo, como un ser autónomo, con pensamiento propio y mesura, sin hacer concesiones a una presunta debilidad o a la dependencia a centros de poder.
Si bien Margarita Rosa se ha declarado a favor de un candidato a la presidencia, sus análisis son certeros. Ella misma se descubrió como una estudiante de filosofía y, a la vez, como una mujer que no se traga entero las verdades a medias o las mentiras filosas de nuestro Establecimiento. 
Margarita Rosa, su lucidez, redescubre un camino para discutir sin las ataduras de la convención oficial.
 


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