Este año empieza a fallecer entre sus miasmas. Cada día parece de una vida ajena, relatado por alguna escritora de ciencia ficción o, tal vez, por José Saramago, quien vino vestido de epidemiólogo en su novela Ensayo sobre la ceguera, para mostrarnos, con sus fraseos incesantes, que: “Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos … Continuar leyendo
Este año empieza a fallecer entre sus miasmas. Cada día parece de una vida ajena, relatado por alguna escritora de ciencia ficción o, tal vez, por José Saramago, quien vino vestido de epidemiólogo en su novela Ensayo sobre la ceguera, para mostrarnos, con sus fraseos incesantes, que: “Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”
Anochecimos un día —por orden de un burócrata gris y casi competente ese día— confinados entre nuestras paredes, como si el castigo fuera quedarnos con nosotros mismos, con nuestro pensamientos y repudios, sin la tregua de un foráneo. Obligados a soportar las miserias de la cotidianidad. Nada fácil.
Revivimos amistades averiadas, algunas manías de soledad y empezamos a sentir el rumor del tiempo, como un gusano laborioso, en los músculos. Sensibilizados hasta el dolor, por cuenta del canto de un pájaro o por saber que una bandera roja, para pedir auxilio, estaba colgada cerca de nosotros.
Y tiramos desde Calarcá hasta Salamina una cuerda con poesía, y decenas de cantos nos fueron devueltos. A pesar de la peste o de la muerte las poetas y poetas siempre aparecen con un salvavidas para extraernos de las aguas estancadas o para darnos aire boca a boca. La poesía nos salva.
En la fundación Torre de Palabras, dirigidos sus proyectos por Elison Veloza Lifad y por Alejandra Ovalle, y con el apoyo de Geraldine Caballero, Juan Felipe Gómez, Ángel Castaño, Lina María Cocuy, y otras colaboradoras y amigos, se entendió que, más allá de la indiferencia estatal frente a los gestores culturales y los artistas, había que repetir el mantra de la reiteración. A quienes persisten, los dioses premian.
La décimo tercera versión del encuentro está signada por la virtualidad, y eso no es tan bueno ni grato. A través de videos, podcats, conexiones virtuales, se celebran y entablan conversaciones con invitados de la región y de Colombia.
Se cuenta este año con la financiación del programa departamental de Concertación de la gobernación del Quindío, y de la alcaldía de Calarcá, para realizar un encuentro atípico desde el 11 hasta el 18 de diciembre. Es distinto, pero en este caso es necesario, como lo enseñan los campesinos nuestros, salir al descampado a mover y arar la tierra. A mover ideas y sueños, a pesar de la necesidad o del desconcierto.
Este año de pesadilla nos reveló el esqueleto en el armario. Lo vimos en las calles: nuestros músicos recogían monedas lanzadas desde un balcón y las artesanas y artistas populares no pudieron reinventarse, como propalaban los gremios y las televisoras.
La precariedad de la vida se tomó de la mano con la debilidad de nuestra institucionalidad cultural, una metáfora burocrática casi inexistente.
Al despertar sería ideal restregarnos los párpados y reconocer para qué sirven las miradas. Para observar la brevedad de la vida y que todos somos una. Una y muchos, entrecruzados en un camino de disyuntivas y deseos.
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