Cuando mi abuelo me contaba de los espantos en la vereda Bohemia, de los jinetes sin cabeza o de la Llorona, lo escuchaba presa del terror. Si la leyenda la relataba en las noches de octubre o de abril, bajo la lluvia, recuerdo que yo enterraba mi cabeza en la almohada y me cubría con … Continuar leyendo
Cuando mi abuelo me contaba de los espantos en la vereda Bohemia, de los jinetes sin cabeza o de la Llorona, lo escuchaba presa del terror. Si la leyenda la relataba en las noches de octubre o de abril, bajo la lluvia, recuerdo que yo enterraba mi cabeza en la almohada y me cubría con las cobijas de lana. Al cerrar los ojos, al dejar de mirar las tinieblas o las lucecillas de las rendijas, eliminaba al mundo que tal vez venía hacía mí. Negaba a los monstruos que crecían por fuera de los párpados.
Cuando mi madre murió, a mis tres años, siempre pensé, hasta muy avanzada la infancia, que ella volvería a las Partidas, en Calarcá. Me asomaba por la ventana para mitigar su ausencia, y deseaba que ella volviera. Era una precaria esperanza. A veces me sorprendo mirando por cualquier ventana sin sentido alguno.
Los seres humanos para protegernos, o para encubrir la espesura de nuestros deseos, enterramos la cabeza en la arena, como el avestruz, como si así nos blindáramos del dolor o pudiéramos ignorar el cieno chispeante de muchos de nuestros actos. Negamos, como si en ello nos fuera la vida. Tal vez, sí.
Hace pocos días el nuevo gobierno de Colombia manifestó su propósito de llevar los informes y las conclusiones de la Comisión de la Verdad, dirigida por el padre Francisco de Roux, a las escuelas y universidades. Una misión pedagógica de sanas intenciones.
La respuesta de la ultraderecha y las derechas ideológicas, aunada a la megafonía de los medios masivos de comunicación, fue de inmediato afirmar, sin pudor alguno, que los informes de la Comisión de la verdad son sesgados.
Algún medio, adivinen cuál, publicó un cuestionable ataque contra el padre Francisco de Roux, poniendo en tela de juicio su juicio y, en especial, su trayectoria como defensor de la causa pacifista. Un cobarde, desde Bogotá, habló con rencor.
Es previsible y ordinario que ello ocurra. Los victimarios, y sus defensores interesados, siempre intentan minimizar o soslayar el terror ocasionado por sus acciones. Recuerdo ahora cuando un seudofilósofo uribista, espécimen de pura sangre, dijo que los desplazamientos poblacionales por la violencia eran una categoría de migración voluntaria. Cómica la afirmación si no fuera, y fue, trágico el destino de millones de compatriotas.
En España, por ejemplo, algunos movimientos políticos han negado las devastadoras consecuencias de la dictadura de Francisco Franco. Han intentado, con la anuencia del Opus Dei, una secta de la iglesia católica, blanquear la historia. Niegan, para solo citar una cifra, que un millón de españoles fuera encarcelado en prisiones y en zonas de concentración.
El negacionismo del holocausto Nazi puso en marcha una maquinaria de desinformación que quiso ocultar la política de “Solución Final” de Hitler, soportada en cámaras de gases y en campos de tortura y exterminio.
Necesitamos mirar de frente esta verdad: nuestra casi infinita crueldad. Faltarán otras versiones, más interpretaciones, pero el esfuerzo de la Comisión hay que valorarlo y difundirlo.
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