Por: Hugo Hernán Aparicio Reyes
Los factores determinantes de la civilización, de la historia, de cuanto es hoy el enorme conglomerado humano, se expresan de manera superlativa en las grandes urbes. Allí confluyen inteligencia, creatividad, aptitud de convivencia, infinidad de conexiones y circuitos económicos, fuentes de inversión pública o privada, educación, habilitación laboral y promoción del recurso humano, intensos flujos migratorios, en fin, un sinnúmero de actividades y circunstancias que propician la expansión urbana vertical-horizontal. Al tiempo, el intrincado tejido de interacciones individuales o colectivas, impulsan avances no detectables por los sentidos, pero igualmente determinantes en el desarrollo multidimensional de las sociedades.
New York, el puerto, la ciudad establecida a partir del mismo, la metrópolis de hoy, cuya población, incluyendo zonas periféricas, supera los veintitantos millones, es por excelencia el modelo urbano de occidente. Desde remotos asentamientos aborígenes, coloniaje neerlandés, cruentas disputas con los ingleses, a la larga resueltas a favor de estos, el repugnante esclavismo, la sublevación de las colonias británicas en reclamo, finalmente logrado de su total independencia; el subsiguiente avance económico, riadas migratorias procedentes de Europa, Asia, en décadas recientes de Latinoamérica, la explosión industrial, comercial, tecnológica, de los dos últimos siglos, hasta el complejo constructivo y humano actual, dolido sobreviviente del fatídico 11/09/01, New York ha portado como emblema las antorchas de la libertad, del capitalismo triunfante, y del liderazgo global. Habrá enormes y más pobladas urbes en China, en Japón, en otras naciones del lejano oriente -en el ranking de rascacielos apenas es tercera en el mundo y en población no figura entre las diez primeras-, pero en cuanto a importancia económica, financiera, corporativa, incluso política, continental y global -sede de la ONU, de la OEA, Wall Street, Bolsa de Valores, organismos multilaterales-, New York es de lejos la primera ciudad de Occidente.
Si el arribo del visitante es por la terminal 4 del JFK, distrito de Queens, donde normalmente llegan los vuelos procedentes de América Latina -el complejo aeroportuario es una ciudadela de decenas de kilómetros cuadrados, cuatro pistas de aterrizaje y decolaje, que soportan casi 500 mil operaciones anuales, cinco terminales, 130 puertas, para movilizar 65 millones de pasajeros en igual lapso, más otras gigantescas instalaciones para manejo de carga-, y ha tenido usted la buena idea de descargar en su teléfono móvil la app del sistema metro, sabrá que, si no porta demasiado equipaje, podrá dirigirse a cualquier lugar del área urbana, usando la red de trenes, de tramos, en su mayoría subterráneos. Si así lo desea, abordará entonces la línea “air train”, exclusiva del aeropuerto, con estaciones en cada uno de los terminales y demás dependencias, para empalmar, en la zona de Jamaica, con la red pública. Una y otra disponen ya de dispositivos que permiten el pago electrónico directo, no touch, mediante tarjetas débito o crédito afiliadas a Visa, Mastercard, Maestro, etc., de cualquiera de nuestras entidades bancarias. Lo mismo en rutas de autobuses urbanos, consumos en almacenes, restaurantes, aplicaciones tipo Uber, y demás servicios. Parece fantasía no requerir de dinero cash, hoy día, prácticamente para nada, en la mayoría de ciudades.
Aparte de la anterior, son bastantes las sorpresas agradables que esperan a las visitas: si su gran preocupación es el idioma, elimínela de tajo; New York, Miami, son más hispanas que cualquiera de nuestras poblaciones. En cuanto puede requerir normalmente el forastero latino, el español es de uso corriente; para casos de emergencia, no dude en recurrir al inglés escolar: please, ¿can you help me?, o en últimas, a su capacidad gestual. !No problem!
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