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New York, New York

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 6 junio 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El mundo se ha ido desquiciando frente a nuestros ojos. Perdió, nuestra generación, el ancla conceptual que permitía ver la sensatez y el sentido común en los actos ajenos. Nosotros mismos hemos extraviado la seguridad del pensamiento propio, y a cada rato nos sorprendemos con decisiones que en otro tiempo no tomaríamos.

Lo digo porque muchos sabían de los peligros de un gobierno trumpista en una nación como Estados Unidos, y ahora los gringos no saben dónde esconderse con el matón que eligieron como presidente. Un matoncito de pasarela y redes sociales, que es peligroso para la convivencia universal.

No obstante, sabemos que ningún hombre es superior a los suyos, a su pueblo, y que la cultura, al final, ese acumulado de tradiciones y modos de vida compartidos, como las novelas, nos dan esperanza y nos cuentan la otra cara de la moneda, aquello que la alharaca de las redes sociales y de los medios masivos de comunicación no nos dejan apreciar.

Hace poco conté que leía, de Alister Ramírez Márquez, la novela Jonrón: balada a Nueva York, su nueva obra.

Cuando se cuenta la evolución de una ciudad, como lo hace Alister, es inevitable relatar varias historias a la vez y, en particular, acercarse a los hitos colectivos que determinan el rumbo político y social. La vida de George Medina Torres, y su afición al béisbol, corre en paralelo de los hechos comunitarios para significar esa gran metáfora de los norteamericanos, cuando cifran buena parte de sus ilusiones en el juego que los conmueve y representa.

Los treinta años de George en la policía, como detective, nos permiten ver la transición de la sociedad del siglo pasado al actual, con todas sus afugias y contradicciones. La novela es una cátedra abierta del autor sobre la historia reciente de ese país, y en especial de las minorías étnicas, sexuales, y cuenta la vida de los llegados de Puerto Rico, con sus formas de coexistencia.

George, como muchos homosexuales en la civilización occidental, paga un alto precio por su elección, y el personaje lo va relatando desde su escondrijo, su clóset, hasta el final de la novela, cuando ya se vuelve natural que él narre su vida en pareja.

Los meses de la pandemia, la agitación social del movimiento Black Lives Matter, lo que ocurre en Nueva York, sus comunidades marginadas y sus logros colectivos en lo social o en la seguridad ciudadana, pasan por los ojos de George, y son contados de manera limpia, como si fuera una crónica con un nudo, lleno de prejuicios y de anomalías de grupo, es decir, quedamos bien informados de la doble moral y de las contradicciones de una sociedad que se estima a sí misma como educada y desarrollada.

La novela, además de mostrarnos el retrato vivo de una comunidad en ebullición, es significativa por el lenguaje transparente, casi líquido, que nos lleva a entender qué pasó con su abuela María Julia, con su papá adicto, y al mismo tiempo el 11 de septiembre de 2001 en territorio norteamericano.

Disfruté la novela. Una gran obra.


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