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No hay almohadas

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 4 febrero 2022

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Para algunos el siglo veintiuno empezó con la creación de la internet y las redes sociales. La proliferación de contenidos en imágenes y texto, aunada a un deseo furioso de exhibición personal, de egomanía, transformó la manera de sentir y leer la experiencia de la vida. Ahora, la cotidianidad misma es mirarnos en un espejo, … Continuar leyendo

Para algunos el siglo veintiuno empezó con la creación de la internet y las redes sociales. La proliferación de contenidos en imágenes y texto, aunada a un deseo furioso de exhibición personal, de egomanía, transformó la manera de sentir y leer la experiencia de la vida. Ahora, la cotidianidad misma es mirarnos en un espejo, y esperar una leve gratificación, un guiño desde el infinito de la nada. Se ahondó la soledad de los seres humanos.

Al mismo tiempo, la internet nos trajo una especie de democratización de la información, que nos permite escudriñar, con otras ópticas, el mundo exterior. Si bien esas dos corrientes del mismo río, los datos y la comunicación, a veces se repelen, quienes estén mejor capacitados, de habilidades de análisis y argumentación, pueden extraer oro del pantano.

Los retos de los periodistas y de los creadores de contenidos, en medio de su búsqueda de sobrevivencia y emergencia social, son complejos. Ya vimos cómo los medios tradicionales fueron vendidos a las multinacionales y grandes empresas, y su obsecuencia con las misiones comerciales o del mercado. Fox en Estados Unidos es un ejemplo o Semana y El Tiempo, con los Gilinski y los Sarmiento Ángulo, muestran bien la relación actual. 

El caso de la provincia en Colombia sigue siendo, a pesar de los esfuerzos descomunales por mantenerse, dramático. Ya de tiempo atrás, los periodistas dependían de las pautas oficiales, y en el departamento del Quindío, sin mayor industria y sin empresas productoras importantes, la dependencia de los políticos agravó la situación de la profesión de los comunicadores. 

Ha existido, hace años, un contubernio dañino, contaminante, de los grupos políticos y los procesos y proyectos comunicativos de la región. ¿Puede alguna empresa de periodismo o algún comunicador, o cualquier intelectual de nuestro departamento, ser independiente, deliberante y crítico? ¿Al menos puede intentar un periodista o un columnista de un medio ser crítico y no autocensurarse?

En días pasados el gobierno sueco creó un cuaderno para orientar a los ciudadanos en relación con las mentiras que se dicen en las redes y puso a funcionar una Agencia de Defensa Psicológica, para prevenir y morigerar el efecto de la virtualidad, de sus informaciones, que vulnera el pensamiento de la gente. 

Vivimos en el Quindío un apagón ético sin precedentes, y en todas partes volvieron los fines del periodismo un objetivo comercial. Los medios de comunicación tienen misión y visión, como si vendieran almohadas. Ya los creadores de contenidos esperan las órdenes de los departamentos comerciales y de los gestores de las pautas. ¿Hasta dónde llegaremos en esta precarización y autocensura del oficio de comunicar? 

El Quindío está hundido en un modelo desarrollista infame y en un lodazal de corrupción. La receta de la imparcialidad, o de una conveniente neutralidad, no es posible: sería una traición a nuestros mayores. 

La época nos pide que llamemos las cosas por su nombre. No podemos, por fines de comercio o por acomodo, desertar de nuestras responsabilidades históricas.


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