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No tenemos las palabras

Mauricio Hernández

miércoles, 29 mayo 2024

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Mientras la muchedumbre murmuraba sobre la decisión que estaba a punto de tomar, él, un joven de unos veintitantos años, miraba hacia un punto fijo del suelo. Parecía perdido, pero decidido. En sus últimos instantes, no se le escapó ni una sola palabra, ni siquiera alguna oración hacia su dios.  Su mano derecha se aferraba … Continuar leyendo

Mientras la muchedumbre murmuraba sobre la decisión que estaba a punto de tomar, él, un joven de unos veintitantos años, miraba hacia un punto fijo del suelo. Parecía perdido, pero decidido. En sus últimos instantes, no se le escapó ni una sola palabra, ni siquiera alguna oración hacia su dios. 

Su mano derecha se aferraba al último bastión de la vida. Se sujetaba con fuerza de esa baranda larga y blanca. Al mismo tiempo, su pie izquierdo se corría centímetros, quizá milímetros, hacia adelante. Todo el cuerpo parecía tenso, incluso su rostro, pese a que la gorra que llevaba puesta le daba sombra. 

Él se había trepado al techo y allí nadie podía sujetarle. Estaba bajo su propia voluntad, a la deriva de la confusión interna y de las palabras fáciles que en nada ayudan a una persona que intenta suicidarse: “¡No se tire!”; “la vida es muy bella”; “no le dé gusto al diablo”; “piense en su mamá”. 

Apareció gente por todos lados para ofrecerle consejos. Los carros frenaron, las motos se estacionaron, los transeúntes se quedaron rodeándolo. Todos le gritaban. Todos intentaban agarrarle con esas palabras. Quizá, algo de esto escucharía. Se vendrían a su cabeza algunos recuerdos que tenía en lo más profundo de su memoria. No lo sabremos. De hecho, nadie sabe qué pasa por la mente de una persona en sus últimos instantes. 

Al mismo tiempo, la mayoría le grababa con sus celulares. Esos últimos pasos hacia el abismo del puente quedaron registrados por algunos puñados de cámaras.  ¿Qué pasa por la mente de alguien que está a punto de presenciar la muerte y decide grabarlo para la posteridad? 

El joven, finalmente, se lanzó. No le dio tregua a lo que sentía ni tampoco sus vínculos más cercanos —ni aquellos espectadores finales— lo pudieron salvar. No hubo palabras ni acciones concretas que le amarraran a este existir. Nada. Sus motivos, aún siguen siendo desconocidos para aquellos que somos testigos lejanos de su muerte.

El por qué lo hizo, incluso, en la mayoría de los casos, queda bajo una espesa bruma para familia, amigos y seres queridos. Porque, ante tal decisión, hay mucho en juego y no lo alcanzamos a dimensionar. 

Es más, ni siquiera estamos preparados para enfrentar a alguien que está deprimido o que intenta suicidarse. No tenemos ni las palabras precisas para rodearle de empatía, sin caer en los lugares comunes que solo le causan más dolor a quien está padeciendo en su propio mundo, enredado en su nudo que no se desata ni con la invitación a pensar en que la vida es bella. 

Nuestro bajo conocimiento para acoger con las palabras precisas a quien más lo necesita, nos lleva a cometer muchos errores. Por ejemplo, le decimos que “no esté triste” a quien se ahoga en la tristeza o aconsejamos que “no hay que estar así ya que lo tiene todo en la vida” a quien se encuentra prisionero de la ansiedad. Deberemos, entonces, conversar y prepararnos para esto.


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