Mientras tanto, el capitalismo, lejos de garantizar igualdad de oportunidades, terminó creando una aristocracia mediática, del rating y del espectáculo, que concentra influencia y riqueza, moldeando la opinión pública y haciéndole creer a las masas que desean lo que en realidad otros deciden. En ambos sistemas, la promesa inicial, igualdad en el socialismo, libertad en el capitalismo, se diluye en beneficio de élites que perpetúan la subordinación del pueblo bajo nuevas formas de poder simbólico y económico.
En el caso de la izquierda, vemos cómo esa élite dirigente funciona como una nobleza moderna, heredera de los privilegios que decía combatir y que, en lugar de liberar al pueblo, lo subordinan bajo un sistema rígido donde unos pocos deciden y la mayoría paga impuestos, cede su patrimonio y obedece. Del otro lado, los grandes conglomerados económicos y del show business concentran influencia y riqueza, moldeando la opinión pública y haciéndole creer a las masas que desean lo que en realidad otros deciden. Y en ambos casos lo que se observa, en lugar de impulsar el bienestar común, son sistemas que se orientan hacia la acumulación de poder simbólico y económico en manos de unos pocos: los nobles modernos.
Ahora bien, el populismo ha transformado esa neo-aristocracia en una especie de religión mesiánica. Cada nuevo candidato se presenta como El Salvador del pueblo, el líder providencial que promete redención y prosperidad. La política se convierte en un ritual de fe, donde se espera que un dirigente encarne la solución a todos los problemas, olvidando que no es un rey, sino un representante, un servidor, un empleado del pueblo. La verdadera salvación no está en un caudillo, sino en una sociedad que trabaje en conjunto por su bienestar, por su desarrollo y prosperidad.
La historia demuestra que ni monarquías, ni socialismos autoritarios, ni populismos mesiánicos, ni capitalismos mediáticos han traído la prosperidad prometida. La felicidad y el progreso no dependen de un líder iluminado ni de una élite mediática, sino de la capacidad de una comunidad de organizarse, producir, innovar, cooperar y elegir con conciencia a sus dirigentes. Solo así se supera lo que en el mundo de las ventas se conoce como el “doble cierre”: una técnica que aparenta dar libertad de elección, pero en realidad limita al comprador a escoger entre dos opciones prefabricadas que conducen al mismo resultado. En política ocurre lo mismo cuando se nos ofrece elegir entre candidatos o modelos que, aunque distintos en apariencia, responden a la misma lógica de concentración de poder.
Recordemos que no es el gobierno quien manda: es el pueblo quien elige al gobierno para administrar los recursos de todos, no para subordinarnos a las ideas de unos cuantos ni retornar al oscurantismo inquisitorial donde todo está bajo el Estado, incluso el trabajo, la salud y la libertad.