El día anterior, durante el trayecto de ida, dialogamos como pudimos con un trío de muchachos, amigos y colegas, de diversa procedencia y nacionalidad. El portugués, lisboeta —suena horrendo el gentilicio—, Antonio, ingeniero aeroespacial, trabaja con la empresa holandesa líder mundial en construcción de simuladores de vuelo, área de diseño de software; otro, canadiense nativo, de rasgos y tono de piel particulares, labora en Ámsterdam para una compañía especializada en tecnología para autos eléctricos inteligentes; el tercero, menos conversador, británico, experto en finanzas. – ¿Colombia? Ah, ¡mujeres lindas!, apunta Antonio. –¡And cocaine!, suelta el canadiense.
El tren de regreso —Aguas Calientes–Ollantaytambo—, partía a las siete. A las cuatro y algo más habíamos culminado el descenso desde la Ciudad Sagrada; apenas iniciándolo, los músculos de las piernas, resentidos por las exigencias de la jornada, quisieron sublevarse. A pesar de alternativos calambres, me obligué a bajar tal como escalamos. Superado el trance, retomado el ritmo, solo nos detuvimos, exhaustos pero felices, al llegar al puente sobre el Urubamba. Con buen margen arribamos a la estación para cumplir la forzosa espera. También allí la concurrencia de razas, idiomas, atuendos, parece ilímite. Francas las puertas de acceso a los vagones, presentamos los boletos a la azafata en la escalerilla del nuestro. -Señores —declama sonriente—, por cortesía de la empresa, sin costo extra, nos agrada invitarlos a abordar nuestro coche de lujo. Disfrutarán de todas las atenciones reservadas a quienes adquirieron pasajes preferenciales. Tardamos segundos en asimilar la feliz sorpresa. Sillones de fina tapicería capitoneada, superficies dispuestas como para banquete, coquetas servilletas, reluciente loza, cristalería, cubiertos.
Y a un prolongado banquete asistimos. Durante los noventa y tantos kilómetros se nos dispensó trato de emires: Sabores, texturas y colores en hiperreal festín, bebidas calientes, un café-crema sin cotejo posible aún con el ofrecido en establecimientos calificados de nuestro Quindío; vinos chilenos de cava, finísimas lonjas de trucha curada, bañadas en una salsa espirituosa, puré de vegetales, té de sutiles aromas… Y culminado el lapso gastronómico, el coche bar anexo con música criolla en vivo. En una de las mesas contiguas, un papá tolerante con los caprichos y ruidosos juegos de su pareja de retoños, identifica nuestra procedencia: – Soy chileno —sobra la confesión; el acento delata— empresario independiente desde hace un par de años, luego de haber trabajado durante muchos más para compañías trasnacionales. Mi esposa es colombiana, de Bogotá; vivimos muy cerca de Santiago. Teníamos planeadas nuestras vacaciones; un tour por Perú y Colombia, pero a última hora ella no pudo eludir un compromiso; es consultora financiera de empresas. Me envió entonces con los niños, todo programado y previsto. En Colombia iremos a la zona cafetera, a un gran parque-hotel que promete maravillas. —Vivo en la misma zona, en Calarcá, muy cerca del sitio; los felicito por haber pensado en ese destino; les va a encantar—, exclamé con entusiasmo.
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