Un día amanece, después de un largo sueño, con algunas pesadillas, y sentimos entumecidos los dedos, y nos damos cuenta que el tiempo pasado nos ha convertido en el animal cansado que somos.
Alargamos una mano por fuera de las cobijas, como si quisiéramos asirnos de la realidad e intuimos que el clima, allá afuera, más allá de nuestras fantasías antiguas, nos puede lastimar. Casi todo nos puede dañar, ahora, justo cuando nos duele un poco la rodilla, mucho la cintura y solo nos queda la risa para combatir la nueva enfermedad que nos invade y coloniza: la vejez nuestra de cada día futuro. ¿Por qué escribo mi experiencia en plural?
Hace pocos días un amigo me decía en un chat que casi todos mis actos y palabras son políticos, y que me desmovilizara, porque estaba inmerso en una especie de obsesión por la situación de un país que avanza, como el cangrejo, casi a hurtadillas de sus propias ambiciones colectivas.
Voy a Colpensiones, porque me llegó la hora de Bartleby, el escribiente, y la puerta se me abre de par en par. Camino ya por entre el musgo y los atajos llanos de la tranquilidad, mientras escucho, afuera, que muchos no pueden ni siquiera imaginar llegar a viejos, arribar al puerto obligado de los sueños medio realizados.
¿Cómo hacemos para vivir mejor en un país que se traiciona a sí mismo y se vanagloria de ello en medio de la pobreza, de los derechos conculcados y de los apetitos desaforados del individualismo?
Muere Mújica, y el día brillante de mayo, intempestivo, se torna gris, apesadumbrado. Otro amigo, un docente, me dice que ese viejito mamerto no tiene que ser despedido como un rey. Él, Mújica, nunca lo quiso, despedidas rimbombantes, pero se instaló en la mente de cada trabajador, de cada mujer, como un hombre digno que, después de alzarse contra el establecimiento, se asimiló y se volvió gobernante para tratar, para intentar, agregarle dignidad al poder. Y lo logró.
Su esposa, Lucía, lo mira partir en un féretro por la calle, y su mandíbula se estremece de amor por el ido. ¿Puede la gente de ahora, mi hijo o mis sobrinas, pensar que solo el amor por el otro nos reivindica y al final nos hace trascendentes?
Ya casi nadie quiere trascendencia. La época de los grandes sueños, de las utopías sociales, parece fallecer en el cruce de relámpagos de las redes sociales. La trascendencia huele a drama andino, a contrapelo de la banalidad que nos encuella y nos obliga a permanecer frente a un televisor o a un teléfono móvil, como si la vida fuera un auto encarcelamiento en la modorra y el entretenimiento. Nada es importante.
Me he trasteado, con cobijas y todo, para el país de los viejos. Fui expulsado de la nación de los sueños disparatados, de aquellos que siempre esperan un mañana para crecer. Su oxigeno es la expectativa y esa noción de falsa eternidad que alimenta los imaginarios. Moneda falsa.
Leo la novela “Jonrón, balada a Nueva York”, de Alister Ramírez Márquez.
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