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Nuestra Casa de la Cultura

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 30 enero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Pocos lugares por sí solos tienen encanto. Recuerdo el patio de la escuela Santander, en Calarcá, en donde corríamos, en el entorno de una gruta de la Virgen María. Esa memoria es el relámpago en un cielo raro, como si en el estómago bailara el miedo.

Después, camino por un potrero, al lado de la quebrada La Sonadora, y una escopeta me pesa entre las manos, más grande que mi cuerpo, arrastrada por mí debilidad en una pendiente. No sabía para qué servía, pero ella se encargaría, según las instrucciones, de espantar a los cuatreros. El amanecer en esa finca, de La Paloma, era una canción de amor en los ojos.

Descubrí después la leyenda de La Rodillona, en la calle fusa, en la 37, y luego la Casa de la Cultura de Calarcá. Yo no sabía que esos edificios, como templos laicos, existían. Yo vivía al frente, y vi su inauguración, con presidente a bordo, y con alcaldes y gobernantes llegando en sus carros, atestados de clientelas y decisiones.

La Casa de la Cultura se convirtió desde hace 49 años en un lugar de romería para los calarqueños. De la mano de Lucelly García de Montoya, y de Esperanza Jaramillo García – la misma que consiguió para Calarcá la Casa verde, sede de la administración municipal- fuimos viendo qué era la cultura, quiénes la hacían en otras partes del mundo y por qué, para una sociedad civilizada, es clave tener bibliotecas, salas de exposición de artes visuales, teatros y salas de conferencias. Recuerdo, con claridad, la figura de don Humberto Jaramillo Ángel, enhiesta, recorriendo los pasillos de ese edificio.

Un cantante español, Juan Erasmo Mochi, creo, fue anunciado en Calarcá a la par, que Ricardo III o Hamlet, montajes de las obras de Shakespeare venidos de Bogotá, de la mencionada, con arrobo provinciano, Atenas Suramericana. Los grupos de teatro y las grandes exposiciones venían a la casa de la Cultura, de la mano de Esperanza, de Albita Jaramillo, luego, y del mismo de siempre, el hombre de las mil causas, Jorge Humberto Guevara Narváez.

Yo miraba desde mi casa, justo cuando empecé a leer a hurtadillas a Guillermo Cabrera Infante y me conmovía con la belleza que brotaba de la casa de la cultura. Esperanza, nuestra amiga, nos educó en el buen gusto, aun cuando yo fui un mal alumno de esa mujer impresionante, por su diligencia y por su belleza integral.

Díscolo e inquieto, me fui a Bogotá a ver la cultura que nos traían desde allá, y me fui dando cuenta que en Calarcá, gracias a los habitantes asiduos de la Casa de la Cultura, la nuestra, habíamos vivido una época dorada. Lo mismo que sentimos ahora, ya sea con Jesica Riveros o con Johan Rodríguez, el jefe de cultura, los lideres en este tiempo de nuestra casa.

La casa de la cultura necesita del alcalde, Sebastián Ramos Velasco y del concejo. Requiere una dirección, autónoma y un equipo robusto de logística, subordinados a la Subsecretaría, que la cuiden como el centro de pensamiento y artes de los quindianos.


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