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Nuestra sonriente sumisión

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 20 noviembre 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

La información y discusión de los asuntos públicos se han envilecido en nuestra sociedad. Las salas de redacción y las facultades de las universidades, conciencias deliberantes y creativas, de un tiempo para acá solo son máquinas corporativas que pretenden sobrevivir. Respirar, mantener o aupar intereses corporativos.  La poderosa irrupción de los intereses de clase, de … Continuar leyendo

La información y discusión de los asuntos públicos se han envilecido en nuestra sociedad. Las salas de redacción y las facultades de las universidades, conciencias deliberantes y creativas, de un tiempo para acá solo son máquinas corporativas que pretenden sobrevivir. Respirar, mantener o aupar intereses corporativos. 

La poderosa irrupción de los intereses de clase, de élites empotradas y voraces, contaminó y modificó la discusión pública. En las salas de redacción era donde se discutían y se daban alegatos sobre la posición dominante de poderes abusivos. En ese escenario era donde se tomaba, por parte de los periodistas, el partido por los más vulnerables, haciendo cuestión y crítica del poder político y administrativo. Eran lavanderías eficaces de la ropa sucia de una sociedad. 

Las facultades, en las universidades, incluidas las privadas, propiciaban litigios sobre el presente de nuestras sociedades. Desde las aulas, emisoras y pasillos universitarios, se daban las luchas cuerpo a cuerpo de las ideas, y se buscaban salidas creativas a las crisis. 

Ya sabemos qué pasa ahora. A las facultades de las universidades regionales, en especial, llegan fichas políticas o académicas de los administradores, como si fueran cuotas burocráticas. La academia copió las prácticas pútridas del ámbito político, y se convirtió en un carrusel de favores internos. 

Los profesores universitarios, en muchas partes, saben que sobreviven si se adaptan, si se vuelven sumisos, si no piensan en voz alta. Solo así podrán tener una migaja de estabilidad y, tal vez, un salario provisional por doce u ocho meses y una eventual pensión. Fueron arrodillados por un sistema inmisericorde.

En la película El escándalo, dirigida por Jay Roach, en 2019, se muestra el significado actual de una junta de redacción de esa especie. Un tragamonedas que escupe abuso sexual y descarados intereses partidistas, dispositivo instalado por sus dueños en la sala de Fox News, en connivencia con la personalidad babosa y repugnante de Donald Trump. Es, como dijo la crítica, escalofriante.

Nada distinto pasa en Colombia, en la revista Semana, por ejemplo. Comprada y desvirtuada por la familia Gilinsky, este medio se ha dedicado a limpiar y encubrir la devastación moral de la ultraderecha de Colombia. La llegada de Vicky Dávila a la dirección de la revista confirma la desaparición de la resistencia periodística frente al despiadado capital.

 Poco o nada se puede hacer en la intromisión y apropiación del empresariado, de los gremios, de la conciencia pública, otrora ejercida, por medios masivos de comunicación.

 A pocos les interesa el debate público de ideas y pareceres en los medios de comunicación o en las aulas de clase. No es pertinente, piensan algunos, mientras acomodan su brillante móvil en modo Instagram o Facebook, donde la feracidad, la superficialidad o la violencia ocultan el bosquejo de un pensamiento serio.

La desertización del debate público es peligrosa para la sociedad y para la precaria democracia nuestra. Lo poco que tenemos, nuestra sumisión sonriente, hasta ella, puede desaparecer bajo la aplanadora del más hirsuto pragmatismo. 
 


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