Un buen alcalde requiere, para serlo, un relato que contenga una idea y que ella sea una necesidad colectiva. Cuando los bogotanos eligieron a Antanas Mockus, pensaban que un maestro de sus calidades los aleccionaría un poco sobre cómo vivir en comunidad y a construir, más que avenidas y puentes, capacidades dialógicas.
Cuando los ciudadanos de Medellín imaginaron que Sergio Fajardo les enseñaría a respetar la educación y la cultura, se encontraron con un hombre apasionado por el conocimiento, cuya ética pública le permitió ejercer con probidad y, en especial, configurar unos procesos que hoy hacen de esa entidad territorial escenario vital de pedagogía y arte.
Dos relatos cohesionaron a esas ciudades. Los políticos de oficio creen y tienen un poco de razón en el empaque, que las elecciones las ganan los amarres y los gestos pragmáticos de unión de intereses entre grupúsculos e individuos. En el fondo, reemplazan su libre albedrío por la resignación ante el trajinado proceso de micro transacciones de voluntades. Piensan, en su deificación del sistema, que el intercambio de favores y utilitarismos los hace solidarios y fuertes.
Pensar entonces que solo las alianzas electorales ganan elecciones los convierten en seres amañados con el statu quo, y se olvidan por conveniencia personal de una regla de tres simple: los electores, los ciudadanos, estamos tan ahítos de tradición electoral que casi todos esperamos la ruptura, o la imagen de ruptura, del líder.
¿Qué esperamos de un alcalde?
Uno esperaría de un buen alcalde que entienda el cansancio de los modelos actuales de urbe. Una ciudad no puede ser el reservorio de carros y motos que hoy es, y que refleja el agotamiento de unas dinámicas de consumismo a ultranza que nos lleva al colapso vial en la civilización occidental. Un alcalde audaz que sepa decirle no al transporte y movilidad tradicionales y que pueda, con coraje ciudadano, construir políticas públicas y reales por fuera de los sesgados intereses de los gremios comerciales.
Como ese alcalde solo existe en la imaginación calenturienta, podríamos esperar que al menos entienda la necesidad de proteger los recursos hídricos, de multiplicarlos, y de renovar la alianza entre los seres humanos y la naturaleza, de tal manera que aseguremos la provisión de tanques silvestres de oxígeno y de agua.
Uno esperaría de un buen alcalde, que además del agua, pensara en la seguridad alimentaria, a través de una política rural específica. También, como es obvio, la comprensión de que restañar la educación pública — deteriorada por doquier—es objetivo primordial y debe articularse con una idea de culturas múltiples y diversas que propicien la convivencia pacífica.
Ese alcalde debe entender que, después de 200 años de libre administración democrática, gobierna a un ejército de enfermos, solo curable con una intensa cuarentena educativa y estética.
Una ciudad como Calarcá —el solar de nuestros desvelos, donde sembramos el papayo de nuestras frustraciones—requiere de un remezón cultural que descentre a la politiquería y que le incorpore un nuevo relato ciudadano.
Pensar que, de la mano serena de un alcalde, reconvertimos al municipio en una extensa aula escolar, de ventanas y puertas abiertas, de muros derribados y que peatonalizamos la cultura a través de festivales de arte permanentes, nos haría obvios y con sentido: restauraríamos el sueño de viejos masones que sembraron de libertad una tierra húmeda.
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