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Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 2 octubre 2024

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Semanas atrás, durante una de las visitas del amigo y su esposa a Barcelona, Quindío, mi población nido, mientras compartíamos bebidas en uno de los cafés del parque central, sin sospechar su trascendencia, él planteó sin ambages, la solución forzosa a las incomodidades, por no decir dolores, cuasi permanentes, instalados en el rostro, sector superior … Continuar leyendo

Semanas atrás, durante una de las visitas del amigo y su esposa a Barcelona, Quindío, mi población nido, mientras compartíamos bebidas en uno de los cafés del parque central, sin sospechar su trascendencia, él planteó sin ambages, la solución forzosa a las incomodidades, por no decir dolores, cuasi permanentes, instalados en el rostro, sector superior izquierdo, por cuenta del herpes Zoster o “culebrilla”, intruso en mi organismo desde marzo anterior.

Convaleciente él mismo de un síndrome de los llamados “huérfanos” -aún le aqueja-, ahora, por suerte, bajo control clínico, obra y gracia de la ciencia, del conocimiento de un neurólogo a cuya consulta, en Santiago de Chile, llegó y continúa asistiendo, luego de agotar toda posibilidad en Colombia, espetó aquella tarde su sentencia, al escuchar reiteradas quejas sobre los tortuosos vaivenes sensoriales característicos de mi mal. -Mire, don Hugo, yo no querría decírselo, pero según la evolución de su problema, de acuerdo con lo escuchado de labios de pacientes y dolientes del Zoster, de médicos y otros profesionales de la salud, lo suyo tiende a ser permanente. No espere mejoría sustancial en dolores y molestias, en las fluctuantes hiperestesias; mucho menos en su caso. Ante su renuncia a analgésicos, por efectos colaterales, no le queda opción distinta a asumir la realidad y resignarse. Con todo y lo desagradables, serán compañía permanente.

De momento, lo crudo del diagnóstico, ya insinuado con más delicadeza por médicos de varias especialidades y oyentes varios de mis quebrantos, golpeó muy dentro; algo recóndito se sublevó al escuchar tamaña condena. Nada tranquiliza la punzante certeza de ardor, prurito intenso, agudo dolor, intensas reacciones a la luz, al frío o al sol, molestias en la visión… No obstante, transcurridas horas, días, semanas, mañanas y noches de insomnio cavilante, la idea se ha ido acomodando entre rutinas cotidianas e instantes de reflexión, hasta ocupar con real peso y volumen, un ahora inamovible lugar. Sí, a esta altura del partido existencial, el marcador confirma un fastidioso gol en contra, aunque los a favor, los felizmente anotados por presencias divinas y humanas, pródigas en favores, en aciertos y dichas, son muchos más; de modo que, aparte de mi auto responsabilidad por preservar en lo posible salud mental y orgánica, a plena conciencia, está decidido: basta de quejas, de lamentos, de inútiles ¿por qué a mí?; basta de dilapidar energía creativa en lidiar algias irremediables. Enfrentado a desgracias, padecimientos, dolores insoportables de todo orden, en millones de pacientes alrededor del globo, lo mío es de veras ridículo; carece en absoluto de significado.

Pesan consideraciones adicionales: una, las graves crisis de salud ya superadas que antes me hicieron asiduo del quirófano, de terapias, consultorios y medicamentos; entre estas el accidente automovilístico ocurrido como pasajero de un taxi, apenas culminando el servicio obligatorio. Dos meses de permanencia en el Hospital Militar, donde reconstruyeron mi frágil armazón, y varios más de terapias; la revascularización coronaria, con tres puentes en sendas arterias incluidos, hace algo más de una década, más otros episodios en los cuales tuve la ocasión de confrontar la muerte, sin pánico ni aspavientos, reducen mi actual dolencia a pequeña anécdota. Otro factor no menos importante que obliga a emplear reservas de coraje, salvando toda suerte de escollos: la inminencia de crisis económicas, políticas, sociales, que a todos, en mayor o menor grado nos amenazan, demandando la probada capacidad de resistencia y resilencia, herencia de nuestros antepasados. Así que, hijos míos, querientes, allegados, casi, casi, bienvenido dolor, que vivo permaneces, que vivo me obligas.


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