Alguna vez pensé que el señor gobernador del Quindío, el señor Roberto Jairo Jaramillo Cárdenas, por su origen calarqueño, tenía cualquier propósito por la cultura. Y que iba más allá del interés por hacer del arte y la artesanía un muestrario folclórico para los turistas, para convertirla en un nervio creativo de impulso al desarrollo … Continuar leyendo
Alguna vez pensé que el señor gobernador del Quindío, el señor Roberto Jairo Jaramillo Cárdenas, por su origen calarqueño, tenía cualquier propósito por la cultura. Y que iba más allá del interés por hacer del arte y la artesanía un muestrario folclórico para los turistas, para convertirla en un nervio creativo de impulso al desarrollo colectivo.
Crear la secretaría de cultura del departamento fue para muchos un esfuerzo colosal, con la ilusión de que, a la par de la configuración de políticas públicas, se pudiera consolidar una agencia estatal comprometida con la historia, con la construcción de sentido ciudadano, de diversidad y de creación artística.
Pero poco ha pasado por esta gobernación y las decisiones del mandatario son erráticas, y no van acompañadas de inversiones presupuestales dignas. Es como si hubiéramos elegido a un enemigo de la cultura.
Lo mismo pensé en Calarcá, donde nos ufanábamos de grandes logros culturales. Si bien el señor alcalde muestra su espíritu dialógico, y de hecho alguna vez contempló la creación de una Secretaría, su gestión se pierde en el desconocimiento o en la negligencia de una subdependencia que no dejará ningún legado a los ciudadanos.
En la pasada administración, con la perniciosa orientación de la que hoy es la secretaría de Salud del Quindío—¿Ya cerraron el hospital de Buenavista, el centro de salud de Balcones y el maltratado hospital de Calarcá? — se implantó un modelo de gestión propio de mitad de siglo veinte, obsoleto, con la ejecución de procesos poco calificados de formación en artes, dejando por fuera un concepto de cultura incluyente instaurado desde los años ochenta.
En Calarcá, el grueso de los recursos, son ejecutados por la administración municipal, y el presupuesto de inversión, por pena ajena, ni lo mencionemos.
El pasado subsecretario de cultura finalizó su gestión haciendo politiquería desde su puesto y dividió a los gestores y artistas del pueblo. El actual repite el modelo anterior, no gestiona nada importante en el campo de procesos pedagógicos y artísticos y hace, como en las anteriores festividades, eventos de carácter primario para la celebración de nuestro aniversario.
Creen, el pasado Subsecretario y el de ahora, que el activismo congratula a sus jefes, y que con ello encubren la incapacidad para pensar en grande y para impulsar el trabajo de organizaciones civiles independientes.
No niego que el alcalde Luis Alberto Balsero, de Calarcá, salvó de la desaparición al Museo Gráfico, tan querido por todos. No niego su deseo de corregir y escuchar, pero la gestión cultural es tan pobre, en lo administrativo y estético, que ya está extraviada la esperanza.
Vi por redes sociales la programación cultural de nuestras festividades. Excepto el trabajo profesional de algunos gestores y artistas —Palosanto, Chicón Band, y otro—da grima ver en qué hemos convertido la expresión artística en el Quindío, con un activismo insulso.
Somos parte, con la mampara de la pandemia, de un paisaje de indigencia cultural, rayano con la bobería. A todos nos debería avergonzar.
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