El turismo se ha ido reactivando, en un marco de responsabilidad corporativa, cuidado del otro, asepsia, disciplina social y compromiso. Tuvo muchos visitantes el Quindío durante la semana de receso y el puente festivo, es destino predilecto por la hermosura de sus paisajes, la diversidad de sus atractivos y la cantidad de espacios que nos … Continuar leyendo
El turismo se ha ido reactivando, en un marco de responsabilidad corporativa, cuidado del otro, asepsia, disciplina social y compromiso. Tuvo muchos visitantes el Quindío durante la semana de receso y el puente festivo, es destino predilecto por la hermosura de sus paisajes, la diversidad de sus atractivos y la cantidad de espacios que nos han ido consolidando como los primeros en turismo rural, de experiencia y aventura en el país y por qué no decirlo, del continente.
Abrieron sus puertas los parques temáticos, con tres condiciones: la primera, rigor y seriedad en los protocolos de bioseguridad, tanto en el ingreso como en la permanencia. Muchas medidas, que generan confianza y tranquilidad en los visitantes. La segunda, un entusiasmo desbordante de los colaboradores, que aman lo que hacen y generan una calidez extraordinaria en las diversas experiencias y la tercera, un gran sentido del orden en los procesos.
Sí se puede. Es viable mantener la dinámica turística, económica y social; adaptándonos a las nuevas costumbres que debemos desarrollar y manteniéndonos alerta. Se puede disfrutar de estos escenarios, generar esparcimiento e integración familiar, abandonar el miedo y cuidar la vida y la salud, mientras las pupilas se recrean y el espíritu toma nuevas fuerzas para continuar.
Como le gusta pensarlo a Sonia Betancourt Muñoz, esa gran gestora de nuestro turismo, esta, más que una actividad económica, es una necesidad espiritual y vaya que el alma de muchos clama por un poco de aire fresco, verde de muchos colores —como lo es el nuestro—, olor a campo, visión de cordillera y trinos de pájaros… Todo lo maravilloso que aquí tenemos en cantidades exorbitantes.
Abrió sus puertas Panaca y regresaron: la mirada sobre los guaduales, los espectáculos artísticos donde los animales son protagonistas, el contacto en intimidad con el campo y la interacción única con especies asombrosas. Volvieron la música y el patriotismo, el amor por Colombia, las estaciones con criaturas fabulosas y los grandes maestros entrenadores, que logran resultados increíbles con seres vivientes que se vuelven artistas, solo con amor y constancia.
Grande nuestro parque nacional, no solamente por su enorme terreno, que se convierte en un privilegio para la contemplación del paisaje y la actividad física a cielo abierto —recorrerlo y observarlo, es una aventura inolvidable—, sino también por tres elementos que lo hacen único: primero, el sentido social, expresado en la solidaridad que tuvieron durante el tiempo de aislamiento con sus colaboradores, creando empresa para ellos, manteniendo la estabilidad de sus familias y siendo gestores de oportunidad. Segundo, la originalidad. Ocurrencias únicas, que nos conectan con la tradición y la identidad, con el orgullo de ser quienes somos y provenir de donde lo hacemos. Tercero, la convicción por el amor al campo. Fundapanaca iniciará el 15 de octubre un diplomado en turismo rural sostenible, para formar a 1.000 personas de todo el país y seguir esparciendo esa semilla de convicción en torno a una idea: ‘Sin campo, no hay ciudad’.
Grande Panaca… Gracias Jorge Ballen Franco por su visión, pasión y persistencia.
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