La pandemia le ha dado una voltereta al mundo que quizá necesitaba desde hace tiempo. Producto de este colapso habrá que cambiar ―en los planes de desarrollo, en la mente y en la misma médula del sistema― muchos de los principios y doctrinas bajo los cuales se manejan las sociedades y el planeta. Una de estas ideas devenida paradigma central en la globalización, es la búsqueda desenfrenada de riqueza para llenar unos pocos bolsillos a costa del empobrecimiento de inmensas mayorías que deambulan desempleadas, delinquen, vagan, mueren, o demandan caridad en las calles de urbes y poblados. Absurdo enriquecer más a los multimillonarios.
¿De qué pueden servirles los miles de millones a Bill Gates, a Soros, a Zuckemberg, a Jeff Bezos, o a cualquier otro socio del exclusivo club de potentados que detentan el ochenta por ciento de la riqueza del mundo? Más allá de un lujoso y cómodo escondite en sus mansiones, yates, aviones o islas privadas, sus millones no los harán inmunes al coronavirus. Mientras tanto uno se pregunta si en aras de que acumulen más riqueza vale la pena seguir empobreciendo a la gente o desbaratando el delicado equilibrio del planeta, para que el día menos pensado ―por efectos de alguna mutación natural― un virus o cualquier otro bicho infecte y acabe con la desvalida humanidad que como mínimo carece de un sistema decente de salud. Es evidente que después de esta pandemia cualquier cosa resulta factible de pensar. Y esto sin contar los turbulentos efectos del cambio climático que se vivirán en un futuro no muy lejano, y contra lo cual poco se está haciendo. Por ello la Amazonia arde, los glaciares se derriten, las playas desaparecen, y en el Pacífico sur las islas se las traga el océano. No es ficción, es realidad.
El Quindío está lleno de dificultades, y desde que la Constitución del 91 y la Ley Orgánica de Planeación ordenaron construir planes de desarrollo, ningún problema se ha resuelto por más que los dichos instrumentos bosquejen proyectos delirantes. ¿Por qué? Lo primero que puede decirse es que los planes no son más que herramientas que orientan la inversión y la rutina administrativa, y otra cosa muy distinta ―más directamente relacionada con la posibilidad del cambio― es la voluntad de los gobernantes que, definitivamente, parecieran no identificarse con la transformación ni con los paradigmas fundamentales del cambio, esto es con el desarrollo sostenible, la inclusión y la equidad social, la lucha contra la pobreza, contra la corrupción y el clientelismo, la equidad de género, etc. En este contexto cualquiera deduce, sin necesidad de mucho esfuerzo, que no será por efecto de los desgastados planes de desarrollo que el Quindío pueda transformarse. ¿Entonces, para qué más plazos ―si de verdad― la causa del atraso se encuentra en los recovecos del cerebro, del corazón del hombre, en las vueltas y revueltas de la política partidista, en los políticos y en la pasividad ciudadana?
La crisis social del sistema capitalista y del Estado es evidente. El primero, guiado por la voracidad del mercado tras el objetivo de enriquecer a los magnates capitalistas seguirá empobreciendo a la gente y contaminando el planeta (los bosques, los mares, la fauna, el subsuelo, la atmosfera, el espacio), “enfermando al mundo”, como metafóricamente lo enunció el Papa Gregorio en su bendición Urbi et Orbi, mientras el Estado “ como cualquier novia deslumbrada” se entrega a los capitalistas renunciando a la capacidad política de decidir qué debe hacerse, quedándose solo con el poder de hacer lo que le ordena la mano visible del mercado.
¿Qué ocurrirá después de la Pandemia?
En el Quindío ya pasamos por algo semejante. Cuando el terremoto del 99, el futuro encarnado en el año 2000 se veía a la vuelta de la esquina ―tan próximo como esperanzador― para que el Departamento resolviera sus tragedias. Pero el nuevo milenio llegó y en los primeros gobiernos el sueño colectivo mutó en desengaño, pues el clientelismo y la rutina retomaron el timón de mando. En ese pesado ambiente donde se manejan otras lógicas y otros intereses, diferentes al interés colectivo, el Plan Estratégico Quindío 2020 expiró ―sin abrirse ni estudiarse― en los salones de la Gobernación y la alcaldía de Armenia, enterrando consigo el único proyecto a largo plazo construido a cien manos por la sociedad para transformar la región. Promesas, acuerdos, consensos, apoyos, propósitos, actos de contrición, lágrimas, empezaron a olvidarse cuando se rezó el último responso. Pero lo grave no fue tanto el olvido sino que, en adelante, hasta hoy, la reconversión económica, la transformación del aparato productivo, la revolución educativa, la construcción de democracia y el desarrollo sostenible, dejaron de ser proyectos concretos para devenir frases huecas en los siguientes planes.
Veinte años después estamos frente a un desastre de magnitud global que nos abatirá y desnudará con más brutalidad que el terremoto del 99, en virtud de su letalidad; y también porque ni en la imaginación estábamos preparados para algo semejante, en parte porque los planes de desarrollo se han dedicado a resolver las urgencias del día a día, en desmedro de visionar inteligentemente el futuro ―que ojala viviéramos los adultos― pero que con absoluta seguridad vivirán nuestro hijos, nietos y biznietos sobre quienes recaerán los costos de lo que hagamos o dejemos de hacer. Pero, paradójicamente en estos avasallante tiempos de trance e incertidumbre no solo hemos excluido el futuro de la planeación, sino que irresponsablemente infravaloramos los estudios y los sistemas de riesgo. Tanto que no es exagerado afirmar que estamos en una condición de desprotección semejante a la que teníamos antes de enero del 99. Esto por tocar una sola cara del prisma de los riesgos. Nada impacta más que, los males, morbos e inequidades de las sociedades, las instituciones y los modelos de desarrollo, que salen a flote y quedan al descubierto cuando ocurren las tragedias. Qué cantidad de dramas se están empezando a ver por toda la nación. La pandemia no es grave solo por los estragos y por los miles de víctimas fatales que causará. Lo será también por la sociedad del pánico que dejará como uno de sus muchos productos; por la psicosis de abandono, desprotección e incertidumbre; por la menguada imagen de un Estado empeñado en defender la bolsa de las empresas en cambio de la vida humana; por la impotencia de enfrentar el porvenir, en el que la dualidad adversidad/fortuna, más que del azar dependerá de lo que desde el presente se haga con la vista puesta en el futuro.
Quindío 2020 vs Plan estratégico regional
Aunque administrativa y funcionalmente la demanda de plazo para formular los planes puede ser válida, en lo fundamental la solicitud no apunta a las verdaderas razones que justificarían dicha medida. Si el asunto de verdad fuera resolver la crisis, el problema de los planes tendría que sobrepasar el nivel operativo y entrar en una dimensión más conceptual, estructural, humana y futurista. Pero ¿plazo de dos, tres, o más meses, para construir los mismos instrumentos inocuos que en treinta años de nada han servido para resolver los problemas, aumentar los niveles de bienestar, o enfrentar las incertidumbres? Ese tipo de planes no necesitan plazos, cinco meses son suficientes, y sobra tiempo. Lo que requieren los planes en el momento actual son replanteamientos radicales en su visión, en su contenido, en su construcción― conceptualización y en su ejecución y, por supuesto, se requiere paralelamente de un giro semejante en la mente y en la voluntad de los gobernantes. Lo más parecido al Plan Estratégico Q-2020, podría ser el PER ―el Plan Estratégico Regional, de la Región Administrativa del Eje Cafetero― en la medida en que este supere la idea de que las nuevas sociedades regionales tendrán que dedicar sus esfuerzos a producir más millones para los millonarios, en cambio de producir/distribuir riqueza para elevar el bienestar de la población. Por ello la RAP no debe ser una oficina de proyectos. Bajo el espíritu del Documento Técnico de Soporte que le dio vida, la RAP es una apuesta hacia un futuro mejor soportada en la integración, la asociatividad y la integración territorial.
El mundo no será igual después de la pandemia, pero tampoco tiene porqué ser peor si se procede a enfrentar la postpandemia con criterios diferentes a los que gobiernan la sociedad mundial. Sobre todo bajo la consideración de que quienes no acumulan poder, millones, fama, ni poseen islas, yates, aviones, mansiones, son sujetos históricos empeñados, desde ya, en construir un mundo diferente, justo, seguro e igualitario.
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