Saltar al contenido

Pandemia, planes, rap y otros asuntos

Eddie Polanía Rodríguez

viernes, 10 abril 2020

COMPARTIR LA NOTICIA:

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

La pandemia le ha dado una voltereta al mundo que quizá  necesitaba  desde hace  tiempo. Producto  de este colapso habrá  que cambiar  ―en los planes  de desarrollo,   en la mente y en la misma médula del sistema―  muchos de los  principios y doctrinas bajo los cuales se  manejan las sociedades y el planeta. Una de estas  ideas devenida paradigma central en  la globalización, es la búsqueda desenfrenada de riqueza para llenar unos pocos   bolsillos a costa del empobrecimiento de inmensas mayorías  que deambulan desempleadas, delinquen, vagan, mueren, o demandan caridad en las calles de urbes y poblados. Absurdo enriquecer más  a los multimillonarios.  

¿De qué pueden servirles los miles de millones a Bill Gates, a Soros, a Zuckemberg, a Jeff Bezos, o a cualquier otro socio   del exclusivo club de   potentados  que detentan el ochenta por ciento de la riqueza del mundo?    Más allá de un lujoso  y cómodo escondite  en sus mansiones, yates, aviones o islas  privadas,  sus millones no los harán inmunes al coronavirus. Mientras tanto uno se pregunta si en aras de que acumulen  más riqueza vale la pena seguir empobreciendo a la gente o desbaratando el delicado  equilibrio  del planeta, para que el día menos pensado ―por efectos  de alguna  mutación natural― un virus o cualquier otro  bicho infecte y acabe con la desvalida humanidad que como mínimo carece de un sistema decente de salud.  Es evidente que después de esta pandemia cualquier cosa  resulta  factible de pensar. Y esto sin contar los turbulentos efectos del cambio  climático que se vivirán en un futuro no muy lejano, y contra lo cual poco se está haciendo. Por ello la Amazonia arde, los glaciares se derriten, las playas desaparecen, y en el Pacífico sur las islas se las traga el océano. No es ficción, es realidad.  

El Quindío está lleno de dificultades, y desde que la Constitución del 91 y la Ley Orgánica de Planeación   ordenaron construir planes  de desarrollo,  ningún problema se ha resuelto  por más que los dichos instrumentos bosquejen proyectos delirantes.  ¿Por qué? Lo primero que puede decirse  es que  los planes no son más  que   herramientas que orientan la inversión  y la rutina administrativa, y otra cosa  muy distinta ―más directamente relacionada  con la posibilidad del cambio―  es la voluntad de los gobernantes que, definitivamente, parecieran  no identificarse   con la transformación ni con   los paradigmas  fundamentales del cambio, esto es con el desarrollo sostenible, la inclusión y la equidad  social, la lucha contra la pobreza, contra la corrupción y el clientelismo, la equidad de género, etc.  En este contexto  cualquiera deduce, sin necesidad de  mucho esfuerzo,   que no será por efecto de los desgastados planes de desarrollo que el Quindío pueda  transformarse. ¿Entonces, para  qué más plazos  ―si de verdad― la causa del atraso se encuentra en los recovecos del cerebro, del corazón del hombre,  en las vueltas y revueltas de la política partidista, en  los políticos y en la pasividad ciudadana? 

La crisis social del sistema capitalista y del Estado es evidente. El primero, guiado por la voracidad del mercado  tras el objetivo de  enriquecer a los magnates capitalistas seguirá empobreciendo a la gente  y contaminando el planeta (los bosques, los mares, la fauna, el subsuelo, la atmosfera, el espacio), “enfermando al  mundo”, como metafóricamente  lo enunció  el Papa Gregorio  en su bendición Urbi et Orbi, mientras el  Estado “ como cualquier novia deslumbrada” se entrega a los capitalistas  renunciando a la capacidad política de decidir qué debe hacerse, quedándose solo con el poder de hacer lo que le ordena la mano visible  del mercado. 

¿Qué ocurrirá después de la Pandemia?

En el Quindío ya  pasamos por algo semejante.  Cuando el terremoto del 99,  el futuro encarnado en el año 2000  se veía a la vuelta de la esquina ―tan próximo como esperanzador―  para que el Departamento  resolviera  sus tragedias. Pero el nuevo milenio llegó y en los primeros gobiernos  el sueño colectivo mutó en  desengaño, pues el clientelismo y la rutina retomaron el timón de mando. En ese pesado ambiente  donde se manejan otras lógicas y otros intereses, diferentes al interés colectivo, el Plan Estratégico Quindío 2020  expiró  ―sin abrirse ni estudiarse―  en los salones  de la Gobernación y la alcaldía de Armenia,  enterrando consigo el único  proyecto  a largo plazo  construido a cien manos  por la sociedad para  transformar la región. Promesas, acuerdos, consensos, apoyos, propósitos, actos de contrición,  lágrimas, empezaron a olvidarse cuando  se rezó el último responso.   Pero lo grave no fue tanto el olvido sino que, en adelante, hasta hoy, la reconversión económica, la transformación del aparato productivo, la revolución educativa, la construcción de  democracia y el desarrollo sostenible,  dejaron de ser proyectos concretos para devenir frases huecas en los siguientes planes.  

Veinte años después estamos frente a un desastre de magnitud  global  que nos abatirá y desnudará  con más brutalidad que el terremoto del 99, en virtud de su letalidad; y también  porque ni en la imaginación estábamos preparados para algo semejante, en parte porque los planes de desarrollo  se han dedicado a  resolver las urgencias del día a  día, en desmedro de visionar  inteligentemente el futuro ―que ojala viviéramos los adultos―   pero que con absoluta  seguridad vivirán nuestro hijos, nietos y biznietos sobre quienes recaerán los costos  de lo que hagamos o dejemos de hacer.  Pero, paradójicamente en estos  avasallante tiempos  de trance  e incertidumbre no solo hemos excluido el futuro de la planeación, sino que irresponsablemente infravaloramos los estudios y los sistemas de riesgo. Tanto que no  es exagerado afirmar que estamos en una condición de  desprotección semejante a la que teníamos antes de enero del 99. Esto por tocar una sola  cara del prisma de los riesgos. Nada impacta más que,  los males, morbos e inequidades de las sociedades, las  instituciones y los  modelos de desarrollo, que  salen a flote y  quedan al descubierto cuando ocurren las  tragedias. Qué cantidad de  dramas se están empezando a ver por toda la nación. La pandemia no es grave solo  por los estragos y por  los miles de  víctimas fatales  que causará. Lo será también por la sociedad del pánico  que  dejará como uno de sus muchos productos; por la psicosis de  abandono, desprotección e incertidumbre;  por la menguada imagen de  un  Estado empeñado en defender la bolsa de las  empresas en cambio  de la vida humana;  por la impotencia de enfrentar el porvenir,  en el que la dualidad  adversidad/fortuna, más que del azar dependerá de lo que desde el presente  se haga con la vista puesta en el futuro. 
 

Quindío 2020 vs Plan estratégico regional

Aunque administrativa y funcionalmente la demanda  de  plazo para formular los  planes  puede ser válida,  en lo fundamental  la solicitud  no apunta a las verdaderas razones que justificarían dicha medida.    Si el asunto de verdad fuera resolver la crisis, el problema de los planes tendría que sobrepasar el  nivel operativo y entrar  en una dimensión  más  conceptual,  estructural, humana y futurista.  Pero ¿plazo de dos, tres,  o más  meses, para construir los mismos instrumentos inocuos que en treinta  años de nada han servido para resolver los problemas, aumentar los niveles de bienestar, o enfrentar las incertidumbres? Ese tipo de planes no necesitan  plazos, cinco meses son suficientes, y sobra tiempo. Lo que requieren los planes en el momento actual son replanteamientos radicales en su visión, en su contenido,  en su construcción― conceptualización y en su ejecución y, por supuesto,  se requiere paralelamente de un giro semejante en la mente y en la voluntad de los gobernantes. Lo más parecido al  Plan Estratégico Q-2020, podría ser el  PER ―el  Plan Estratégico Regional, de la Región Administrativa del Eje Cafetero―  en la medida en que este  supere la idea  de que las nuevas  sociedades regionales tendrán que dedicar sus esfuerzos a producir más millones para los millonarios, en cambio de producir/distribuir  riqueza para elevar el bienestar  de la población. Por ello la RAP no debe ser una oficina de proyectos. Bajo el espíritu del Documento Técnico de Soporte que le dio vida, la RAP es una apuesta hacia un futuro mejor soportada en la integración, la asociatividad y la integración territorial. 

El mundo no será igual después de la pandemia, pero tampoco tiene porqué ser peor si se procede a  enfrentar  la postpandemia con criterios diferentes a los que gobiernan la sociedad mundial. Sobre todo bajo la consideración de que quienes no acumulan poder, millones, fama, ni poseen islas, yates, aviones, mansiones, son  sujetos históricos empeñados,  desde ya,  en construir un mundo diferente, justo, seguro e igualitario. 


  • Temas relacionados :

junio 2026
L M X J V S D
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
2930  
Noticias relacionadas