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Panorama continental

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 23 octubre 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Extremo norte de Latinoamérica. México, país enorme, rico, con una historia de rutilantes civilizaciones prehispánicas, de convulsos episodios en la génesis de su nacionalidad y consolidación territorial, luego de perder buena porción a manos del vecino. Dueño de copiosos recursos naturales, vastas reservas de hidrocarburos, tradición cultural y artística; economía en auge, en parte atribuible al comercio con el mismo coloso lindante; población que triplica la nuestra; agredido también desde décadas por bandas delincuenciales, macrotraficantes internacionales de drogas ilícitas, generadoras de violencia, corrupción multinivel, traumas sociales. Golpea a conciencias democráticas escuchar, observar,  la imprecisa y vacilante figura de su presidente, adscrito al populismo de izquierda, en su cotidiana perorata, intentando explicar las circunstancias en las cuales el Estado mexicano, tras ocho muertes, decenas de heridos, vehículos incendiados, miles de balas disparadas, población aterrorizada, cincuenta presos fugados, en la ciudad de Culiacán —con casi un millón de habitantes—, estado de Sinaloa, capituló ante un envalentonado y muy bien armado narcocartel, reversando la captura de uno de los hijos de alias Chapo Guzmán.  Previas al hecho, en menos de una semana, más de veinte muertes de militares en ataques de los carteles contra la fuerza armada oficial, mientras el mandatario reclama éxitos en la aplicación de su estrategia de seguridad.

Extremo sur. Chile, elongada nación austral, líder económica de la América Hispana actual, luego del desastre del gobierno Allende mediando los años setenta, toma del poder y permanencia durante quince años de Pinochet, retorno a la democracia, décadas de estabilidad y alternancia política. Cómo entender que en ese país de sostenido crecimiento económico, con ingreso per cápita cercano al estándar europeo, un ajuste mínimo en el costo del pasaje del metro de Santiago, su ciudad capital, desencadene espirales de violencia callejera, de vandalaje, incontrolables para su tolerante fuerza pública, con cruentos y onerosos resultados.

Y entre los extremos, la dictadura sandinista de Nicaragua, la tiranía castrochavista en Venezuela, apoderadas ambas de sus estados, dueñas absolutas del poder; vidas, bienes y honras de la ciudadanía sometida, a su disposición; hambre, miseria, éxodo, a niveles superlativos, pero toleradas por potencias orbitales y comunidad internacional; Ecuador, país en el cual cogobiernan presidente e indígenas; un autodestructivo Perú, donde se celebra con alborozo —incluidos la izquierda y el ‘liberal’ Mario Vargas Llosa— que su presidente no elegido por votación, cuestionado receptor de coimas, cierre el congreso por ser opositor a sus designios; una Bolivia donde Evo Morales, con apego al manual neosocialista de fraudes electorales y trasgresión de leyes para perpetuarse en el poder omnímodo, birla la aspiración de cambio en democracia; una Argentina bajo latente amenaza de recaer en manos zurdodelincuenciales. ¿Qué nos espera a los colombianos si cedemos a los rojos cantos de sirena desde la orilla del camuflaje neopacifista, del desdibujo de la autoridad y del orden?


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