Hace pocos días la madre y la hermana de Juliana Giraldo, asesinada en Cauca por un soldado, nos dieron una lección de humildad. Sin mediar mayor investigación, soportada su historia en lo conocido, ellas declararon que suponían y entendían el dolor de la familia del hombre que disparó. De entrada, desactivaron, con un generoso gesto, … Continuar leyendo
Hace pocos días la madre y la hermana de Juliana Giraldo, asesinada en Cauca por un soldado, nos dieron una lección de humildad. Sin mediar mayor investigación, soportada su historia en lo conocido, ellas declararon que suponían y entendían el dolor de la familia del hombre que disparó. De entrada, desactivaron, con un generoso gesto, la construcción de inquinas y vindictas emocionales por lo acontecido.
En la dinámica de un país enfermo, intoxicado de rencillas, desconectar la rabia del organismo, mitigarla, pasarla por el agua limpia de la comprensión, es casi increíble. Y dice bien de esa familia, y de millares de víctimas que se resisten a buscar un desquite, cualquier desquite.
En Colombia nos acostumbramos a odiar con el cuerpo. Se repele a primera vista, casi sin conocer a la gente, ya sea porque el otro es extranjero o porque su color de piel nos parece, bajo nuestra mirada, sospechoso.
Se odia con el hígado, cuando la bilis espesa del cuerpo intoxica por razón de diferencias políticas. O con los riñones, porque deseamos expulsar piedras envenenadas contra las mujeres y los viejos, estimados como débiles, menoscabados por su género o por su edad, ante el orín sucio y maloliente de nuestras pasiones.
Aquí se odia a Álvaro Uribe Vélez, con razón o sin ella, solo porque sospechamos de sus crímenes, y nos dejamos llevar por la ojeriza de saberlo poderoso y soberbio. Estigmatizamos a Gustavo Petro, al valiente e inteligente senador, porque algunos corifeos de los medios de comunicación así lo proclamaron de tiempo atrás por las cornetas de sus pulmones, picados por el deseo de ajusticiarlo y por el interés corporativo de las empresas que pagan sus sueldos.
Odiamos con los pies, cuando huimos de la reconciliación o cuando damos patadas a la ilusión de un joven o le estallamos, como pasó en un CAI, el abdomen o el bajo vientre a un ciudadano. Somos así, y creemos a pie juntillas tener una razón, una explicación para la agriera, para tanta crueldad en esta noche de Colombia.
Odiamos con las yemas de los dedos, sin tiempo de devolvernos en el teclado, cuando salpicamos el Twitter o el Facebook o el Instagram con la linfa sanguinolenta del rencor, del acomodo personal, por defender privilegios como se advierte en cientos de periodistas o de comentaristas de una realidad que los sobrepasa, que los trasciende, más allá de las grasas de su corazón insuficiente.
Esas mismas yemas que nos llevan, con sus huellas andariegas, al dedo apuntador, aquel que elimina al otro, que hace pensarlo en términos de enemigo, como a Dylan Cruz, el muchacho muerto en Bogotá por la falange gatillera de un hombre vestido de uniforme y de impunidad.
¿Cómo deconstruir esas fábricas de odio ensambladas en Colombia?
Hacernos cargo de nuestras palabras, puede ser. Comprender el contexto del próximo, tal vez. Subirnos en los zapatos de la necesidad de los demás, claro. Imaginar y sentir que somos el otro, obvio.
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