Ahora que muchos conciudadanos en las redes sociales son internacionalistas de ocasión, y que dicen admirar con ingenuidad o perversión a Putin o entronizan en el santoral a Zelenski, el presidente de Ucrania, habría que decirles que la realidad para las víctimas no es un juego de opiniones banales. Es la incertidumbre de sobrevivir o … Continuar leyendo
Ahora que muchos conciudadanos en las redes sociales son internacionalistas de ocasión, y que dicen admirar con ingenuidad o perversión a Putin o entronizan en el santoral a Zelenski, el presidente de Ucrania, habría que decirles que la realidad para las víctimas no es un juego de opiniones banales. Es la incertidumbre de sobrevivir o la tragedia palpitante, certera, como una herida que sangra.
Hace pocos días una amiga, a quien valoro mucho, me mandó sus odios envueltos, en papel celofán, azulado, contra Gustavo Petro. Dice ella que el candidato hace parte de una Colombia que le quitó a su esposo hace años y que le mató a su abuelo. De inmediato, tanto veneno adobado con opinión política, me remitió a la muerte de mi tío en un potrero del poblado La Virginia, y al resentimiento bilioso de mi padre por colombianos distintos. Una espiral de encono sin mitigación: una deriva gangrenosa contra nuestra familia.
El odio contra otros, como los agitan los políticos oportunistas, no puede ser un programa de gobierno. Hace poco, después de muchos años de que mi amigo Carlos Ariel Castro me regalara Patria, el voluminoso libro de Fernando Aramburu, pude leerlo y releerlo y entender por qué ya es un clásico de la literatura española.
En Patria se cuenta la historia de la familia de Bittori, una matrona vasca, a quien le matan a su esposo, el Txato, un hombre tranquilo, que un día es emboscado a balazos en la calle por unos fanáticos de ETA. Bittori tiene dos hijos, y sus vidas también son contadas; la tragedia las escinde, las vulnera para siempre. Son cotidianidades rotas, que cargan el peso de un dolor perdurable.
Miren, por su parte, la madre del presunto asesino, Joxe Mari, destila el odio de algunos vascos por el resto de españoles, y estimula a su hijo para que se enliste en las milicias de la sublevación contra el gobierno central. Miren había sido amiga de la viuda y justifica, casi que celebra, la muerte del Txato y la tristeza de Bittori, que en un principio, por la expresión poco común de su dolor, parece enloquecer.
En la novela de Aramburu, de estilo austero, casi ríspido, la reconciliación se va tejiendo desde la desesperación y poco a poco va encontrando las palabras, las cartas, y los actos leves que permiten vaciar las aguas turbias, sin ignorarlas, y volver a mirar la vida con alguna esperanza. Al menos sin rencor, una emoción que todo lo pudre.
Bittori vuelve a su casa y empieza a morir despacio de un cáncer, pero ya no duerme en las brumas de la injusticia. Esa mujer, casi desquiciada, reconstruye una esperanza para ella y sus hijos y hasta para sus victimarios. Lo hace sin aspavientos, como símbolo de una reconciliación que avanza en España. Ese es el valor simbólico de Patria.
No nos puede gobernar el miedo o el odio. Hay que buscar la reconciliación y la luz de un nuevo tiempo.
- Temas relacionados :
