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Peñas blancas, Locomboo y Nacuco (1)

Umberto Senegal

sábado, 10 enero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

A pesar de ser su principal riqueza topográfica, muchos calarqueños no valoran este monumento natural colmado de históricos matices y mítica ensoñación, que es Peñas blancas. Situado en el corregimiento La Virginia, del nombrado municipio.

Codiciando alegóricas riquezas ocultas en sus entrañas, los quindianos han perdido de vista la apreciación de sus auténticos tesoros, visibles para personas que con espiritual sensibilidad peregrinan por estos parajes. Más de 400 años atrás, fue santuario de tribus Pijao y centro ceremonial de ofrendas en honor de dioses solares donde se veneraban altas figuras de su panteón religioso, como Locomboo y Nacuco. O ídolos secundarios, Lulomoy y Eliani.

Su privilegiada ubicación resaltada por las naturales pinceladas blancas, impresas con intensidad sobre las pulimentadas lajas verticales, son tan comunes para habitantes de la región que se hace necesario persistir sobre el imponderable valor cultural, ecológico, turístico e histórico que poseen. Único sitio de su género en el Quindío que mediante leyendas propias engalana su paisaje con la literatura que sobre este han escrito autores como Rodolfo Jaramillo Ángel, Jesús Arango Cano, Antonio Cardona, Jaime Lopera, Argelia Osorio y Héctor Ocampo Marín, entre otros. Lugar de ceremonias Pijao, era centro de poder chamánico donde los mohanes orientaban diversas actividades del citado pueblo.

“El control de los poderes sobrenaturales, estaba en manos de los mohanes, verdaderos shamanes, que tenían como misiones fundamentales predecir el resultado de las futuras campañas y curar las enfermedades”, señala Lucena Salmoral. investigador que consultó numerosos documentos inéditos en el Archivo de Indias. En grutas de Peñas blancas se efectuaban prácticas mágico-religiosas en honor de dos principales divinidades de la mencionada comunidad: Locomboo y Nacuco. El cacique Calarcá fue iniciado en milenarios secretos precolombinos de los mohanes, quienes “constituían una categoría social muy respetada por el Pijao”, según anota Lucena. Peñas Blancas, dentro del territorio dominado por estos, fue el santuario más célebre no solo por las funciones religiosas que desempeñaba, sino por ser centro de actividades de resistencia de los guerreros contra los españoles. Oratorio ocasional de Putimaes, Quimbayas, Buliras, Maitos, Cacataima y Otaimes. Locomboo era deidad benévola, “abuela del tiempo y abundancia del mismo”, creadora de todo, menos del mundo.

Para su distinción, los Pijao celebraban en laderas de Peñas blancas una fiesta anual donde con paja menuda confeccionaban la figura de una persona, rellena con legumbres y frutas. La subían hasta el sector más alto y luego de calcular y marcar en el suelo hasta dónde podría rodar, la arrojaban cuesta abajo, corriendo todos tras él. Quienes llegaran primero que el muñeco al sitio demarcado, tendrían buena suerte el año venidero. Los rezagados, sufrirían un año funesto. Nacuco personificaba lo material. Preservador de la realidad concreta del río y la montaña. Del árbol y el ave. El maíz, la batata y las semillas.


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