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Pensar al adversario

César Castaño

jueves, 5 febrero 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En tiempos de polarización, comprender al adversario se ha vuelto un acto incómodo, pero necesario. Más allá de ideologías y consignas, la política —y en particular la política internacional— exige leer intereses, reconocer límites y actuar con pragmatismo. De lo contrario, el relato termina imponiéndose a la realidad, con costos concretos para el país.

La política rara vez admite miradas serenas. En contextos dominados por la lógica de trincheras, todo análisis que se aparte de la consigna es cuestionado desde los extremos. Aun así, pensar con cabeza fría sigue siendo una obligación, no una concesión. Solo desde esa distancia es posible entender al llamado “enemigo” —como algunos etiquetan a quien piensa distinto— no como una encarnación del mal, sino como un actor con intereses, miedos y necesidades concretas.

En una columna anterior, “La nostalgia no es una estrategia” (22-01-2026), señalé que la reunión entre el presidente Gustavo Petro y Donald Trump no debía leerse como un simple encuentro bilateral, sino como un momento clave para un país que no define las reglas del sistema internacional, pero sí padece sus consecuencias. Colombia llegaba a esa cita con márgenes de maniobra reducidos, obligada a defender intereses esenciales y a evitar que la retórica, la improvisación o el aislamiento debilitaran aún más su posición. Ese fue, en lo sustancial, el marco en el que se desarrolló el encuentro.

De esa reunión quedó claro que el equipo de gobierno logró algo fundamental, aunque escaso en tiempos de confrontación: ver en Trump a una persona y no a un concepto. En sentido contrario, el fanatismo nubla la capacidad de leer los intereses reales en juego, que son, al final, los únicos que verdaderamente se mueven sobre la mesa de negociación. La verdadera derrota política no consiste en que a quien se tilda de “enemigo” gane una reunión; consiste en perder la capacidad de entender por qué la ganó, privilegiando el propio relato sobre la realidad.

Como sostuvo el politólogo Andrés Ucrós, en la reunión del 3 de febrero se hicieron a un lado ideologías y megalomanías. El resultado fue significativo: dos de los mandatarios más antagónicos del continente compartieron el mismo espacio, pasando de los insultos en redes sociales a una conversación de dos horas sobre asuntos sustantivos: la lucha contra el narcotráfico, la situación en Venezuela, la seguridad regional, la desclasificación de archivos y la mediación entre Colombia y Ecuador.

Fueron pragmáticos. Conviene recordarlo: priorizar el pragmatismo no es rendirse; es ejercer inteligencia estratégica. Ambos lo demostraron al abrir un canal que beneficia especialmente a Colombia. Por supuesto, el encuentro exige análisis más profundos y lecturas menos complacientes.

El resultado inmediato fue, como advirtió Ucrós, esencialmente simbólico: una gorra roja, un libro firmado y una sonrisa inesperada. Sin embargo, el canal quedó abierto, y esa es la verdadera noticia. En política internacional, abrir canales es ganar tiempo, margen y posibilidad. Para un país como Colombia, eso no es un gesto menor: es interés nacional en su forma más concreta.

 


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