Demasiadas tachas, y escasos brillos personales o en ejercicio de cargos públicos, acumula Gustavo Petro a través de su estéril transcurso. Un vuelo de dron sobre su trayectoria, cruzada por desgracia con la luctuosa historia de Colombia, segunda mitad del siglo XX y lo agotado del XXI, muestra demasiados tramos donde la visual biográfica se … Continuar leyendo
Demasiadas tachas, y escasos brillos personales o en ejercicio de cargos públicos, acumula Gustavo Petro a través de su estéril transcurso. Un vuelo de dron sobre su trayectoria, cruzada por desgracia con la luctuosa historia de Colombia, segunda mitad del siglo XX y lo agotado del XXI, muestra demasiados tramos donde la visual biográfica se oscurece; uno de estos, los años de militancia en el terrorismo con fachada política-; otros, vacíos de contenido, intrascendentes, en rentable beneficio de la amnistía o el indulto -a quién le importan hoy día sus medios de impunidad-, en los cuales fungió como supuesto estudiante universitario -por lo visto sin mayor provecho-, funcionario oficial de bajo rango; luego, como implacable censor en el Congreso; ningún lapso resaltable de su encargo parlamentario, en función constructiva, en formulación o ponencia de proyectos de ley. Su errático y cuestionado paso por la Alcaldía de la Capital, restaría en una hoja de vida con fines de valoración ética o laboral.
Resultado final deplorable, con nociva incidencia sobre el presente y futuro de millones de colombianos. El presidente en ejercicio, durante su medio siglo de vida adulta, nunca, léase bien, jamás, ha percibido ingresos de subsistencia, de generación patrimonial, provenientes de actividades profesionales independientes, de comercio, industria, finanzas, lícitos; nunca jamás ha figurado en una nómina de empresa privada, o creado, fruto de su precario ingenio, laboriosidad, iniciativa constructiva, un puesto de trabajo, un emprendimiento, una empresa.
Desde su tétrico desempeño, inicialmente como aprendiz de terrorista del M-19, en campos delictivos diversos: secuestro, extorsión, asaltos, robos, cruentos golpes contra las Fuerzas Armadas, asesinatos de víctimas inermes; luego, en veloz ascenso en la entraña de la banda asesina, hasta su actual condición de jefe de Estado, para vergüenza del país, Gustavo
Petro solo ha medrado, ha vivido, se ha enriquecido, se ha permitido vicios y toda suerte de excesos, de dos exclusivas fuentes: el delito y el erario.
Son hechos objetivos, validables. Ahora, por qué, se preguntarán los desavisados, tal circunstancia afecta a sus gobernados. La respuesta, de obviedad supina y superlativo perjuicio colectivo, se encuentra en discursos, proyectos de reformas (tributaria, laboral, pensional, educativa, etc.), actos de gobierno, y demás medios de los cuales se vale el inepto con ínfulas de genio, para golpear la estructura económica del país. Petro, como todos sus homólogos progres, detesta el trabajo, desprecia, agrede a quienes lo generan; odia las empresas, a sus propietarios, sueña con una sociedad de brazos caídos, inactiva, sin aspiraciones de promoción económica, dependiente por entero del Estado, fácilmente controlable, a través de subsidios, auxilios, dádivas “humanitarias”. Allá nos lleva; a la Venezuela de los clap. Más perverso, imposible.
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