Demonio que merezca su nombre no da tregua. El ejercicio, la práctica de la maldad, quién creyera, requiere más inventiva y dedicación que cualquier otro empeño.
Lo sabe bien y obra en consecuencia, quien conduce el país a su trágico encuentro con el caos disolvente. No hay día de reposo para su alma atormentada, nido maloliente de frustraciones íntimas, de vicios, perversiones, odios, rencores, sed hemática; no puede haberlo para sus sometidos, borregos dispuestos al sacrificio, a la anulación de sus voluntades a cambio de dinero mal habido, prebendas o migajas de poder. Como tampoco hay respiro para una ciudadanía que ni siquiera acierta a entender cuanto sucede alrededor del desvergonzado violador de códigos éticos y penales que dice gobernar Colombia. Lo del sábado anterior en Medellín, no tiene antecedentes como abuso, acto subrepticio, cuasi delictivo, agresión directa, contra una región, contra el país entero, por parte de un presidente en ejercicio. Se dirá que lo de Santos con sus contrapartes de las Farc podría equipararse con el episodio de compadrazgo entre Gustavo Petro y cabecillas de las peores bandas delincuenciales que actúan en el país. Sin embargo, aquello parecía revestido de cierta “legalidad” al inscribirse en un proceso de negociación política con grupos subversivos.
No, el show de tarima en La Alpujarra, lugar emblema de la capital antioqueña, flanqueado por los edificios de la gobernación y de la alcaldía, cuyo montaje hiere el corazón local, no tuvo propósito distinto a ese: apuñalar con saña, el espíritu, el alma antioqueña. En ello se invirtieron los cientos o miles de millones requeridos para transportar, alimentar, alienar, gentes sin oficio ni destino reclutadas en sus reductos de miseria. Y como acto de fondo, el mandatario rodeado de asesinos, narcotraficantes, extorsionadores, tenebrosos miembros de oficinas de sicariato, del lumpen antisocial, extraídos mediante abuso autoridad de las cárceles donde purgan penas, para recibir de labios presidenciales su nueva categoría de ejemplos a seguir, a emular por nuevas generaciones, riendo, burlándose de la sociedad, de sus víctimas, arreciando amenazas contra las autoridades policiales, administrativas y del poder judicial, arropados bajo la colcha petrista, tendida no sólo por su jefe, sino por sus ministros, incluyendo el de ¡defensa nacional!!, por congresistas del “Pacto insólito” y por precandidatos presidenciales de su cuerda.
Tamaña monstruosidad no cabe en mentes normales. Se requiere un sustrato de amoralidad máxima, de cinismo extremo, para participar, aún de manera pasiva, de un acto semejante. ¿Cómo puede por ejemplo el general Sánchez, presentarse ante subordinados, ante la ciudadanía común con tal antecedente sobre sus débiles hombros? Según versiones de prensa, el militar aduce haber sido engañado, haberse enterado sobre la marcha de lo que estaba ocurriendo. Si eso es cierto, ¿tendrá dotación testicular, como diría un difunto expresidente, para denunciar el atropello contra él y sus colegas? ¿Será capaz de sentar un precedente de dignidad debida al uniforme y a lo que este significa? Inútil esperarlo. No ocurrirá, porque el disminuido personaje ha demostrado a las claras su pusilanimidad, su blandengue carácter, incapaz de una reacción de honor militar, ni siquiera de decencia personal. Si el poder judicial y el Congreso no reaccionan ante sucesos como el padecido el sábado anterior en Medellín, digámoslo sin abajes ni contentillos: todo está perdido.
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