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Poco para celebrar

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 11 septiembre 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

En la premodernidad, cuando los dictámenes no se podían discutir, la argumentación era asunto de filósofos. En esa época de la civilización occidental, solo los dogmas servían como línea inalterable de conducta.  Ese autoritarismo estaba mediado por las ideas religiosas de los ‘hombres de bien’, casi siempre eclesiásticos. En nuestro tiempo disentir de la oficialidad … Continuar leyendo

En la premodernidad, cuando los dictámenes no se podían discutir, la argumentación era asunto de filósofos. En esa época de la civilización occidental, solo los dogmas servían como línea inalterable de conducta. 

Ese autoritarismo estaba mediado por las ideas religiosas de los ‘hombres de bien’, casi siempre eclesiásticos. En nuestro tiempo disentir de la oficialidad de pensamiento nos viste de pesimistas que no miramos hacia el futuro. ‘Las gentes de bien’, apoltronadas en sus certezas, creen en los paquetes de consumo de la nueva era, en la banalización del pensamiento creativo y en caminar al encuentro de un optimismo falso.

Un aliado del gobierno de ultraderecha de Iván Duque, Germán Vargas Lleras se les tiró, a los bien pensados de Quindío, a la legión de áulicos del poder central, la celebración, con mago a bordo, del túnel de La Línea.

Vargas Lleras es un político tradicional, que fue vicepresidente de Colombia y gestor del túnel. Desmintió todas las afirmaciones del gobierno actual. Dijo que esa obra era lamentable. Por su costo de $4.04 billones, cinco veces más de lo pactado al inicio, y por su duración, mucho más de 12 años. Refirió en su artículo en El Tiempo de una falencia primordial en los diseños de ingeniería.

La realidad es aún más agobiante. El primer Conpes para la construcción del túnel de La Línea fue tramitado y aprobado en el gobierno de Ernesto Samper. En el gobierno de Pastrana el inicio de los estudios técnicos fue un fracaso y el gobierno de Uribe, con sus amigotes, fue el encargado de dar inicio a ese proyecto, aún no terminado.

Ocho años duraron los contratistas vacilando el avance, desangrando al presupuesto nacional, y la tal veeduría, dirigida por un ingeniero quindiano, masticaba y callaba. Solo los grupos ecologistas y los docentes de la vereda y la escuela El Túnel, y los padres de familia, tuvieron el valor civil de oponerse a ese buldócer institucional.

Ningún gobernador, ningún alcalde, ninguna autoridad de nuestro territorio hizo frente a ese fiasco de más de un decenio. 

En Calarcá, para nosotros fue un descanso que inauguraran otra vez esa obra, y así lo celebramos. Lanzamos voladores y dispusimos grupos culturales para la fiesta, sí, pero muchos no tuvimos la desfachatez de algún o algunos miembros de la Academia de Historia del Quindío de cortejar al poder, de alinearnos en la fila de los aplaudidores sumisos y de, además, hacer el ridículo de festejar con tiquete del peaje la supuesta finalización de la obra.

La academia de historia, una parte, parece convertirse por lapsos en la corte protocolaria de ideas manidas —como la excluyente colonización antioqueña— o el colectivo turiferario del poder. 

Calla ante la mentira y algunos de sus miembros parecen los escribidores de manuales oficiales, es decir, los reseñadores de ese Quindío paquidérmico que solo admite caricias en la espalda y lisonjas a granel.

Poco para celebrar: ni siquiera las bufonerías de algunos conciudadanos.

 


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