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Politiética

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 9 octubre 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Lo sabemos bien los ciudadanos corrientes, a quienes no dejan de dolernos taras semejantes de la democracia; mejor lo saben los aviesos rentistas de la actividad electoral: la ética, quizás desde los albores del concepto de Estado, pero con desvergüenza aciaga en el mundo contemporáneo, se subordina, hasta la vil servidumbre, a la política. 

Captación de recursos financieros sin considerar la legalidad de sus fuentes, compras de conciencias por mayor o al menudeo, tráfico de favores cruzados —léase puestos públicos, contratos, prebendas, concesiones y demás—, coimas, sobornos, saqueos a instituciones, entre otros vicios, parecen haber obtenido patentes de legalidad adquirida, vía costumbre, en las débiles democracias latinoamericanas. En Colombia, capítulo aparte del desmadre, contrariando principios consensuados contra el terrorismo con frontis ideológico, el anterior gobierno, tras abyectas negociaciones, en plano de igualdad, terminó cediendo a las pretensiones económicas, judiciales y desde luego políticas de un grupo terrorista —así considerado todavía por la Unión Europea y Estados Unidos—, obviando fundamentos éticos hasta entonces respetados por la comunidad orbital. “Un laboratorio de la historia” ve en nuestra sociedad el exoficiante del terror, ahora arrepentido y buenazo, José Mujica, por colocarnos en contravía de principios éticos universales. Una capitulación en toda la línea, vemos la mayoría de colombianos, con apego a la razón. 

¿Nos consuelan, aligeran nuestra propia carga de frustración, casos de extremo patetismo como el de la Argentina de hoy? El próximo 27 de octubre, a tiempo con nuestros propios comicios en los cuales elegiremos gobiernos locales y departamentales, concejos y asambleas, los australes escogerán su próximo presidente. De acuerdo con las encuestas y con la tendencia marcada por recientes elecciones ‘primarias’, la fórmula Alberto Fernández – Cristina Fernández de Kirchner, será la ganadora. Para cualquier observador del ajedrez electoral en el gran país del sur, antaño líder continental en la mayoría de variables sociales y económicas, hoy sumido en incertidumbres ominosas como resultado de una serie de gobiernos corruptos, de inepta izquierda populista, precedidos a su vez del peor peronismo, la real triunfadora será la viuda del fallecido Néstor Kirchner, quien durante el periodo de este y en los suyos propios (2007-2015), fue protagonista del peor escándalo de corrupción en la historia de su país, como receptora de multimillonarias coimas o sobornos procedentes de grandes contratistas de su gobierno y del anterior, presidido por su cónyuge y cómplice. Doble triunfo; además de continuar vigente en el espectro político, doña Cris continuará blindada contra cualquier acción judicial o penal a cuenta de delitos ya probados por la justicia, aunque de imposible encausamiento por su condición de senadora en ejercicio. Paradoja de efecto vomitivo. A nombre de la democracia —cualquier parecido con la cúpula fariana no es coincidencia—, una delincuente de alcurnia, cuya residencia tendría que ser un penal seguro y severo, termina en el congreso y luego mandataria electa por las ‘mayorías’. 


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