Para empezar mi segunda crónica de viaje sobre la visita a Iquitos, debemos resaltar el trato respetuoso y cordial brindado tanto por las autoridades colombianas y brasileras como peruanas, tres países que se pueden visitar en el mismo viaje.
También debemos resaltar el mal manejo de los residuos sólidos, muy visibles en los muelles de las ciudades y poblados amazónicos visitados. Dando siempre una impresión que muchas cosas de la vida cotidiana funcionan rutinariamente de manera informal. Y con las infraestructuras portuarias de madera primordialmente, totalmente deterioradas. En eso fallan los tres países.
Nos asombró eso sí, la excelente conectividad digital a través de los 479 kilómetros de recorrido por el río amazonas en la zona peruana. La tecnología avanza y va llegando aceleradamente a todos los rincones del planeta. Lo esencial es lograr que esta esté al servicio de las comunidades y que su contenido ojalá fuera el que estas requieran de verdad.
El observar jugando un par de delfines “tucuxi” (Sotalia fluviatilis), un delfín grisáceo, más pequeño que el delfín rosado “Bufeo” (Inia geoffrensisen), en el encuentro del Amazonas con la desembocadura de Caballococha, que no observaba hace 35 años, cuando los avistaba en uno de los muelles de Leticia, fueron unos instantes fabulosos. El haber navegado hasta ahora alrededor de 3.500 kilómetros (Y deseando recorrer muchos más) sin contar los regresos realizados por los mismos ríos amazónicos, lo cual doblaría el recorrido total, me llena de mucha satisfacción.
“San Pablo de Napeanos” (1.757), nombre dado por los Jesuitas al poblado (las llamadas reducciones) que comenzaron a formar, apodado hoy en día como “Isla Bonita”, al ser bañada por el majestuoso Amazonas y los Ríos Nanay y el Itaya, que, con la llegada de la marina peruana en 1.884, es la fecha con la cual es reconocida la fundación oficial del Puerto Fluvial de Iquitos en reconocimiento del Pueblo Ikitu, pobladores originales del lugar, junto a los Napeanos. Desde niño con las historias contadas por mi padre de sus viajes a dicha ciudad, había deseado conocer la misma, sumergida en lo profundo de la selva peruana.
Con su “Español Iquiteño”, resultado de su propio mestizaje, su humildad manifiesta, encontramos en el pueblo Iquiteño, gentes siempre dispuestas a informar y atendernos con mucha gentileza. Aunque en ocasiones nos llamaba la atención la desinformación de algunos sobre su propio entorno. Llegando nos impresionó su extenso y enorme puerto. Su agitación derivada de su fluido comercio. Los moto-carros, vehículo mayoritario de la ciudad, los cuales se calculan al menos en 130.000, con una inmensa cantidad dedicada al servicio público, lo cual la hace a su vez una ciudad muy ruidosa en sus calles. Lo que no me gustó sinceramente fue la pérdida de su arquitectura original, aunque la zona central guarda alguna muestra de su arquitectura, incluyendo la Casa de la Mazonería, que es patrimonio cultural de la ciudad.
Para comentar más sobre este fascinante viaje, continuaré con la próxima entrega.
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