Acaban de elegir los partidos políticos de gobierno —el Centro democrático, el Mira, el partido Conservador, el partido Liberal, La U, Cambio Radical, y otros partiditos de bolsillo— a sus directivas del Congreso. Y adivinen para que miren para otro lado o para que vomiten: una vergüenza. Iba a escribir sus nombres, pero no vale … Continuar leyendo
Acaban de elegir los partidos políticos de gobierno —el Centro democrático, el Mira, el partido Conservador, el partido Liberal, La U, Cambio Radical, y otros partiditos de bolsillo— a sus directivas del Congreso. Y adivinen para que miren para otro lado o para que vomiten: una vergüenza.
Iba a escribir sus nombres, pero no vale la pena. Son los mismos. En Colombia, como lo anunció Gaitán desde 1948, domina, como una dictadura virtual y real a la vez, el país político.
En el Quindío, también, la clase política se ha convertido en una casta, como en los regímenes de origen religioso o como en Cuba, donde la democracia es un chiste, una aberración histórica, y prevalece un partido omnímodo
En el Quindío, además de casta depredadora, los líderes políticos son mandaderos de otros personajillos más encumbrados: de Germán Varón Cotrino, de Julián Bedoya, de Mario Castaño o ahora, como lo pretende el exalcalde de Calarcá, Eduardo Orozco Jaramillo, de la baronesa Dilian Francisca Toro, una politiquera más, hace poco vituperada por los fabricantes de zapatos en Bucaramanga, quienes la acusan, con cierta bondad, de haber sido impulsadora —como en los supermercados— de un leonino tratado de libre comercio.
¿Por quién vamos a votar los quindianos?
¿Seguiremos siendo fieles al pútrido partido Liberal, que se robó mil veces los dineros del municipio de Armenia? ¿Por Cambio Radical, que hizo trizas cualquier resto de ética pública en la gobernación de Sandra Paola Hurtado? ¿O por el Mira, que se beneficia de los votos de sus incautas o interesadas ovejas? ¿O por el incongruente partido de la U, que mientras vota por la paz, a la vez respalda a los gobiernos de la guerra en Colombia?
Es caótica la situación actual del Quindío. Aparte de su clase política tradicional, sin ningún reato moral, su dirigencia gremial y académica es casi anodina porque se alió con los intereses del poder dominante.
No existe, en el departamento, un movimiento político organizado, una voz gremial respetable o un sector intelectual deliberante, independiente y crítico, que bocete otro porvenir para la región. Estamos en la sin salida.
Hace unos días una líder política me regañó, como mujer de bien, porque dije que su esposo y ella usaron al hospital de La Misericordia para fines electoreros, y que su trayectoria, dentro de los partidos políticos tradicionales —eso no lo expresé pero lo digo— nada significan para un cambio. Lo mismo pasará, o peor, con las candidaturas actuales de nuestra región al Congreso de la República.
No creo que Eduardo Orozco Jaramillo, privatizador del servicio del agua en Calarcá, cuando estaba aliado con Rodrigo Rivera de Pereira, sea algún atisbo de solución para un Quindío que lo ha visto como jefe de debate de dirigentes encarcelados por robo.
Creo que políticos como Jaramillo Orozco, un buen padre de familia y un mejor esposo, estiman que sus discursos de renovación, rotos de significado, son escuchados en exclusiva por orates. Tal vez, sí.
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