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Primera línea

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 21 mayo 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Es difícil concentrarse ahora. Decenas de películas o series, o libros, he dejado a medio empezar, en medio de ninguna parte. El caos, envuelto en humo y estropicio en las calles, toca a la puerta. Solo recuerdo tal estado de desconcierto cuando un banco, el Central Hipotecario, me arrebató por cuenta del Upac mi casa … Continuar leyendo

Es difícil concentrarse ahora. Decenas de películas o series, o libros, he dejado a medio empezar, en medio de ninguna parte. El caos, envuelto en humo y estropicio en las calles, toca a la puerta. Solo recuerdo tal estado de desconcierto cuando un banco, el Central Hipotecario, me arrebató por cuenta del Upac mi casa de habitación en Bogotá. Tocaba el desastre a la puerta.

Es lo que sentimos los colombianos. Desde la inauguración de la República, de nuestro Estado, el enemigo. La justicia inoperante, el sistema de salud, casi fallido. Y los políticos unidos en bandidaje. Tocan a la puerta.

Al fin logro ver, después de muchas pulsaciones, Los Estados Unidos contra Billie Holiday, mi cantante favorita de jazz. Su voz gangosa, a lo Chavela Vargas en Español, me remite a una lejana nostalgia, más allá de los cañaduzales o de los burdeles de bombillo rojo. Otro mundo, otra zozobra.

Billie fue despreciada por su madre y por la sociedad que la hizo una estrella. Lanzada por la marginalidad, por el racismo, en manos de las untosas adicciones. Ella intenta acallar sus ansiedades, apagar con gasolina el ardor de su mente y la tristeza de su corazón.

Lady Day, Queen of Song, se convierte por cuenta del poder de su voz, y por su activismo político, en la dama maldita del jazz, en la artista beligerante que enfrenta al establecimiento americano.

Prostituta joven, cantaba desde los 12 años en bares, y le cantaba la tabla al Ku Klux Klan, a la raza blanca, descolorida, de los Estados Unidos. Fruta rara, el icónico poema, fue denominada la mejor canción del siglo XX por la revista Time. Y el Departamento de Estado de Norte América no resistió esa sublevación en los escenarios. La persiguió sin compasión.

Es una película de antología, sobre todo por la actuación magistral de Andra Day. Su director Lee Daniels nos narra bien, en medio de la nebulosa o del delirio de Billie, y en sus canciones, la infame historia de los Estados Unidos contra los negros, contra las primeras líneas de la sociedad, sus minorías excluidas pero trabajadoras. Contra quienes, antes y después, siempre realizan el trabajo ‘sucio’ que sus élites no quieren hacer.

Billie Holiday es una mujer de primera línea. De la resistencia cultural. Con su voz, y su dicción lenta, de ritmos alargados, casi recitados a veces, relatores de un estado de ánimo, ella hace parte de una revolución que aún no termina en el país del norte.

En mayo 19, en Bogotá, las madres de la primera línea, protectoras de sus hijos fueron asaltadas por las bombas aturdidoras de la Policía Nacional. Acosadas. Hostigadas. Al final, las mujeres nos dan una lección de entereza y de amparo de la vida, de la vida digna, que nos enaltece a todos.

Le prohibieron cantar Fruta rara en los escenarios. Y ella, luego de un corto receso, vuelve y les canta en la cara desencajada de la exclusión. 
 


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