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Pueblo mío que estás en la colina…

Juan Miguel Galvis

miércoles, 18 septiembre 2024

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Uno no es de donde nace, uno es de donde lucha, y soy un bendecido por Dios y por la vida porque nací en Salento y sigo junto a esa hermosa tierra viviendo y luchando.  Los 182 años de mi municipio me hicieron reflexionar sobre mi condición de “salentino” y sobre el compromiso que tengo, … Continuar leyendo

Uno no es de donde nace, uno es de donde lucha, y soy un bendecido por Dios y por la vida porque nací en Salento y sigo junto a esa hermosa tierra viviendo y luchando. 

Los 182 años de mi municipio me hicieron reflexionar sobre mi condición de “salentino” y sobre el compromiso que tengo, no solo con mi terruño, sino con el departamento: la tierra que me lo ha dado todo. 

Me “levanté” como se dice, en un ambiente campesino, en una amplia casa de colores, con chambranas, patio y solar.  Mi madre me cuenta que una de las primeras sílabas que empecé vocalizar fue… “ro…ro”, “ro…ro”, y ella entendió que le pedía coca cola porque mi dedo apuntaba a una botella.

Durante esos años de infancia los valores familiares empezaron a forjar mi personalidad. Inicialmente fui calmado, juicioso, pues cuando acompañaba a mamá donde sus amigas, ella me sentaba en una butaca, me decía que me quedara quieto y respetuoso, y al rato, cuando me miraba, me cuenta que siempre me encontraba “cabeciando”, pero en el sitio. 

Me recibió la escuela Carlos Lleras Restrepo. Con los amigos de infancia jugaba trompo, yoyo y canicas. Ellos iban a buscarme, tocaban la puerta y al preguntarle a mi mamá por Juan, ella les respondía enérgica -¡Aquí no vive Juan, aquí vive Juan Miguel!-, mi segundo nombre me identifica siempre. Los disfraces eran mi especialidad; en las reuniones familiares hacía a reír a todos con representaciones según el disfraz; y para noche de Brujas me recuerdan con uno de Batman que me puse cuatro años seguidos cada 31, lo que me convirtió en el hombre murciélago de las noches salentinas. 

Mi juventud llegó con locuras juveniles, pero también con una disposición al liderazgo. En las fiestas del pueblo participaba en cuanta actividad cultural y cívica se me llamara. Llegó la universidad y con ella los compromisos, las responsabilidades y el deseo de aportar… resultado de ello fue el impulso que le di a los hoy tradicionales paseos a caballo en el municipio. 

Dejar Salento y llegar a Venezuela a ejercer la arquitectura fue un ejercicio de vida interesante. La nostalgia de partir era grande, pero el deseo de trabajar y aprender me permitió crecer; pude llevar trabajadores de mi pueblo a ese país y abrir nuevas oportunidades. De esa experiencia aprendí que servir y buscar opciones de vida para todos era una vocación que debía seguir, y yo tenía las condiciones para hacerlo: el ejemplo de unos padres generosos en la entrega, una esposa y una hija que se convirtieron en mi motor, y una tierra necesitada de que los suyos le retribuyéramos con lealtad parte de lo que tanto nos ha entregado. 

Ser alcalde me adentró más en las necesidades de las gentes, logré atender muchas de ellas y por eso, hoy como gobernador, esa responsabilidad no decae: sigo comprometido con mi municipio como con todo el Quindío, y sé que solo con una real arquitectura del cambio y teniendo siempre a la gente como objetivo de mi trabajo, podré alcanzar el sueño de bienestar para esta hermosa tierra, la que siempre miro orgulloso desde allí, desde ese pueblo mío que con 182 años de vida sigue erguido y altivo en la colina.


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