Casi inadvertida pasó la conmemoración de los 30 años de expedición de la carta constitucional. Después de muchos años, y con el auspicio de un César Gaviria de otro mundo —no el esperpento político que es hoy— y el liderazgo de Humberto de la Calle, el M-19, la derecha republicana y las fuerzas democráticas hicieron … Continuar leyendo
Casi inadvertida pasó la conmemoración de los 30 años de expedición de la carta constitucional. Después de muchos años, y con el auspicio de un César Gaviria de otro mundo —no el esperpento político que es hoy— y el liderazgo de Humberto de la Calle, el M-19, la derecha republicana y las fuerzas democráticas hicieron un pacto: Colombia ya no sería el país feudal bautizado en 1886, y tendríamos una sombrilla de derechos y deberes que nos amparara a todos. Fue una mentira más, de esas que solemos echarnos al gaznate sin masticar. ¿Por qué nos mentimos sin vacilación alguna y persistimos en los engaños?
Pasaron cinco años ya de cuando, sin pestañear, cometimos la burrada histórica de volver trizas, sin risas, el acuerdo del gobierno con una guerrilla. Parece un gracejo, pero es dramático, sobre todo por la ola de violencia desatada de lado y lado: los narcotraficantes enquistados en la subversión se fueron a vigilar rutas, a administrar territorios y la fuerza pública, y las irregulares, montaron el infierno para mantener la zozobra— y los negocios— requerida para la sobrevivencia de una élite montuna que se aferra al poder.
Se dijeron muchas mentiras para destrozar ese esfuerzo imperfecto de pacificación: que los desmovilizados recibirían salarios exorbitantes, que había de por medio una ideología de género, y decenas de embustes más que nos volvieron un hazmerreír. Aún en la ONU, y en los organismos multilaterales, no entienden la tozudez de nuestras equivocaciones.
El desquiciamiento de nuestras decisiones colectivas se repite al infinito. ¿Qué pasa en nosotros al obstinarnos en permanecer en la oscuridad de los instintos y de la sed personal del desquite o de la animadversión entre comunidades de intereses? Mucho hay que pensar y conversar sobre cómo somos y por qué la enfermedad mental nos rebosa.
El Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, después de catorce años, propuso el diálogo colectivo sobre literatura, no ficción y posverdad, como una temática transversal que permite intercambiar, entre propios y extraños, modos de pensar y ver la realidad.
Elison Veloza Lifad, Juan Felipe Gómez y Ángel Castaño, un fotógrafo y dos periodistas amigos, ambos escritores, proyectaron desde el año pasado el escenario perfecto para orientar la tarea de los ciclos pedagógico y literario, realizados en muchos colegios del Quindío, por parte de la nueva directora del Encuentro Mayra Alejandra Ovalle. Con ella, el Encuentro Luis Vidales está vivo, deliberante y reflexivo. Otras gestoras apuntalan este proceso: Camila Cabrera Celis y Tatiana Velásquez Osorio.
Para los emprendimientos culturales, cada año parece el último. Si bien el municipio de Calarcá mantiene su apoyo, y así lo hace el alcalde Luis Alberto Balsero, el sector cultural, en el departamento y en la nación, vive en medio de la incertidumbre y la agonía.
Del 26 al 30 de octubre, con el apoyo de La Crónica del Quindío, el Encuentro Nacional de Escritores, en su ciclo literario, nos interpela sobre las mentiras, los libros y las ideas.
- Temas relacionados :
