La adolescencia es una época cruel, rara y muy confusa. Se deja acompañar por silencios prolongados, así como de una soledad que encierra. Hay exploración del placer solitario y también de la fantasía sexual por los otros. Sobre todo, hay muchas guerras; conflictos desgarradores con los padres; muertes de viejas amistades; nacimiento de nuevas compincherías.
Los adolescentes de todas las épocas se han encerrado en sus propios cuartos. Allí, hay una especie de desgarramiento de la carne, como una hoguera incontrolable. Todo le choca al adolescente, todo le irrita, todo le molesta.
La presencia de las personas es fastidiosa y se prefiere su silencio. Se opta, en cambio, por introducirse en otro tipo de sonoridad: la música. Aquellas canciones que nos ayuden a identificarnos con el momento oscuro y melancólico, con el instante asocial. La música salva a los adolescentes, indiscutiblemente.
Reproduzco el siguiente video a todo volumen. Tengo las luces apagadas y pongo seguro a la puerta porque no quiero ser interrumpido en mi propio concierto. «Smells Like Teen Spirit» merece toda la atención posible. Me transformo en Kurt Cobain en los coros, y en Dave Grohl, en los momentos más poderosos. Es un éxtasis individual, síntoma de una libertad aún no alcanzada.
Mi madre golpea la puerta con su puño. Está furiosa, pero yo más. Me exige que le baje el volumen al televisor. Yo no contesto con palabras. Solo emito sonidos de resistencia adolescente: rebuznos de ira. Ella los escucha y dice que con esa música el próximo en tocar la puerta será el demonio.
Hago caso omiso a sus palabras y me uno a la fiesta del video de «Whiskey in the Jar». Metallica no merece escucharse por debajo de 40 rayas del volumen. Esa energía me es propicia para ocultar los pensamientos de odio contra todo en el mundo. Luego llega Eminem.
Un adolescente de pelo negro en su cuarto encarna al rapero norteamericano. Sin siquiera un nivel básico de inglés, se convierte en el mejor cantante de hip-hop del planeta, al tararear «The Real Slim Shady». No sabe lo que dice, no dice nada coherente, pero algo se entiende, o, al menos, algo de ritmo se siente en el cuarto.
De repente, como si mi mamá hubiera llamado a MTV a pedir la canción que no me gustaba, suena «Oops!…I Did It Again». Britney no fue de mis afectos, aunque me empezó a gustar cuando quise conquistar a una muchacha del colegio que bailaba como ella. Siento que me convertí en un popstar solo para agradarle.
En fin, muchas canciones y videos me acompañaron en aquella época. Y ahí estuvo MTV, el canal de videos musicales que ayudó a masificar una cultura y a formar a una generación. Hoy, a mis casi 40 años, recuerdo el día en que le di sepultura a la adolescencia. La recuerdo insufrible, inhabitable, desgastante. Y hoy, con nostalgia, le doy (ar-ai-pi) al canal que me ayudó a soportar esa etapa áspera y rocosa. Gracias, MTV.
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