Torpeza imperdonable haber ignorado la letra pequeña de la reserva hotelera. Ante la imposibilidad de realizar la conexión prevista a N Y, por atraso en el trayecto Cali- Fort Lauderdale, mediante escueto mensaje la aerolínea me ofrece alternativas de alojamiento con alimentación en esta ciudad de La Florida, y conexión para hora nocturna del día siguiente, 24 de diciembre.
La marca Marrioth hala. Recibo entonces el voucher para una noche de hotel y otro para alimentos. Hasta aquí, pese a la espera en Cali, a aplazarse un día el anhelado encuentro con hija y nieto, y a los bruscos sobresaltos de la nave al descenso, causa de gritos ahogados, nada qué objetar. Un día de turismo en la pequeña gran Venecia de La Florida, bien hospedado y nutrido, a quién podría molestar. Sugerencias para dummies: no lleguen a lugar desconocido con poca carga en el teléfono y sin Simcard internacional. Segunda: no supongan que por fuerza, en un aeropuerto tan importante, hay wi fi gratuito. Tercera: si creen que con un inglés de bachiller, pueden “defenderse” en un medio angloparlante, están peligrosamente errados. Intuición, viveza y gestos, ayudan, pero jamás son suficientes. ¿Dónde abordar el transporte hacia el hotel? ¿Can you help me? La instrucción a duras penas entendida es: terminal 3, letra F. Compañeros de vuelo, quienes igual perdieron conexiones hacia destinos varios, e igual recibieron reserva en Marrioth, esperan conmigo. Un cubano amable escucha mi queja por la falta de wifi, y me facilita su teléfono para tranquilizar a Sarita,pendiente de mis pasos desde Nueva York. El vehículo tarda; cuando finalmente aparece exhibiendo el aviso de la cadena hotelera, el conductor, hosco y brusco, intimida. -van de pie o esperan el próximo. No hay remedio. Para alguien que vivió la Bogotá cruda anterior al Transmilenio, viajar hacinado en busetas de servicio público, carece de mérito.
La fila en la recepción del hotel es larga; la encargada, una morena nada amigable, adusta, cortante, tarda demasiado en cada registro.
Puestos a prueba los restos anímicos, pendiente apenas de comer algo sólido y echarme en una cama, la mujer toma mi reserva, visible en el teléfono, y sin mirarme lo devuelve. -¡You are wrong. This is not your hotel!! Desconcertado, indago con el cubano. -Oh, sí, ¡tu reserva es para otro Marrioth, no para este! Tip adicional: estar preparado siempre para afrontar dificultades y aceptar culpas. La ignorancia cuesta. Claro, tarde entendí que una ciudad, una zona, esencialmente turísticas, que registran población flotante por millones, no cuentan con uno sino con varios hoteles de la misma marca. Fairfield by Marrioth, desde luego, no es lo mismo que Courtyard by Marrioth.
Por gracia, allí, en el lobby del lugar equivocado, aparece otra empleada de aspecto hispano. -Su hotel no está distante, podría ir a pie, pero a esta hora -cerca la medianoche-, no es aconsejable. Debe cruzar dos vías rápidas y usted no conoce la zona. Lo mejor es un Uber. Ya dispongo de WhatsApp y con escasa carga de batería, hurtada de un enchufe, reporto los tropiezos. -No te preocupes, Papi, ya te envío un carro. ¡Maravillas de la electrónica!Deposito mi humanidad junto con el morral de viaje que a esa hora parece haber duplicado su peso, en un escaño exterior. Grato ambiente y temperatura. Tomo un segundo aliento. -Oye, me reportan de la aplicación que por la fecha y la hora, van a tardar algo más de lo habitual. Unos quince minutos. – ¿Cómo sabré cuál es el vehículo? Respuesta al instante. -Es un Chevi blanco de placas AG22PQ. El conductor es Mario.
Qué bien, latino, pienso con alivio. Los mensajes tranquilizantes de mi Saris continúan. – En diez minutos llega el auto. – En cinco. -En dos… Cuando aparece el ángel salvador en coche blanco, abro la puerta, lanzo el morral al fondo y el -hola, Mario, sale del alma. Las buenas noches de respuesta traen adherido el innegable dejo del terruño. -¿Colombiano? -¡Colombiano! -Su hija ya me explicó; lamento la demora. Es mi último servicio. Lo dejo en su hotel, voy a recoger mi equipaje, y regreso al aeropuerto; a las 3:00 am, parto para Colombia, para Medellín, donde viven mis hermanos. ¿De qué parte de Colombia proviene usted?, indaga. -De El Quindío, de Calarcá, respondo. -Jajaja, ríe Mario, incrédulo; y continúa, – Pues entonces le termino de contar mis planes: Llego a Medellín, allá paso navidad y con mi gente nos vamos luego para El Quindío, para Pijao, de donde son mis antepasados. Mi abuelo tuvo dos de las mejores fincas de la región. Él pregonaba un dicho que esta noche se cumple a la letra: ¡el mundo es una ruana, un poncho, y el roto de la cabeza, queda en Pijao!!
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