Hace poco me encontré con un exalumno, trabajador en un restaurante y le pregunté por su salario, su respuesta fue lapidaria “¿Profe, recuerda esa película que usted nos presentó en una de sus clases, El salario del miedo, así es nuestro salario”.
La explicación que mi exalumno me dio de su salario me llevó a investigar sobre la relación laboral en los restaurantes del departamento. Ahora veo que el placer de los turistas al devorar deliciosos platos descansa sobre el sudor, las lágrimas y el dolor de los empleados, sometidos a jornadas de más de doce horas.
Recuerdo un hermoso poema, La epopeya del barro, del manizalita Eduardo García Aguilar, que en unos de sus versos reza “Wall Street, por la mañana viste de gala / el humo de las fábricas se riega por los aires / los látigos no alcanzan el sudor de las espaldas / las cadenas ya no cercenan el luto del sol de cada hombre”.
Estos esclavistas modernos, dueños de restaurantes quindianos se las ingenian para evadir las leyes laborales y sobreexplotan a sus empleados, amparados por la inmensa necesidad del empleo en un Quindío carente de este. El desempleo no solo es un arma subyugación política, sino también una amenaza para que el empleado no reclame sus derechos, a costa de perder la esclavitud de su empleo.
A mi exalumno, le pasa lo mismo que a la mayoría de los empleados en la red de restaurantes del departamento. Si la oficina de trabajo del Quindío emprendiera de oficio sin esperar denuncia alguna, una investigación seria, encontraría que la mayoría de los empleados son pagados día a día y en efectivo, en muchos casos por horas, sin ningún contrato de trabajo, y ninguna prestación ni seguridad social.
Encuentro ahí toda la validez de los versos del poeta Eduardo García. Para el tema de la esclavitud laboral, cae como anillo al dedo el tango Jornalero de Adilio Carbone “Hoy cumple veinte años de dura tarea / veinte años de yugo en el mismo taller / recibe amarguras como recompensa / hasta el desahucio por su vejez”… “Jornalero, al juzgar por lo que he visto / al juzgar por lo que he oído / la verdad voy a decir / es amargo cuando dice un holgazán / si te gusta bien y si no te vas”.
El dolor y la desesperanza de mi exalumno, y de todos los que como en el tango, sufren la humillación de la explotación, y tienen que soportar que a sus niños no les llegue como el niño Dios, como debiera, ni la posibilidad de invitar a su esposa a un restaurante que no sea un corrientazo, les deseo que la oficina del trabajo en el departamento cumpla sus funciones. Ya que los empleados por temor no levantan sus voces, debe hacerlo el ministerio, y convertirse en la voz del dolor de los esclavos modernos en los restaurantes del Quindío. El salario del miedo no es solo una película, la realidad supera la imaginación del artista, solo que el artista si lo es de verdad, ayuda a transformarla
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