Inició la Semana Santa de una forma distinta. La tradicional y multitudinaria celebración del Domingo de Ramos no pudo ser. Los sacerdotes católicos realizaron las celebraciones en los templos, procurando transmitir de la mejor manera la mística y recogimiento propios de estas fechas. Gracias a la tecnología, miles de personas y familias estuvimos conectadas y pudimos mantener esta devoción.
La Semana Mayor es un tiempo que permite recordar cada año, la pasión, muerte y resurrección de Jesús; conmemora la entrega del Hijo de Dios por la salvación de los pecados humanos, la experiencia de la cruz y la resurrección.
Nuestra especie ha vivido de alguna manera la cruz y muerte por estos días…
La cruz de la incertidumbre, el miedo, la cercanía acechante de la enfermedad y el fin de la vida, el desconcierto ante la realidad mundial, y para algunos: la falta de dinero y la escasez o carencia de alimentos, las angustias cotidianas multiplicadas por la imposibilidad de buscar el sustento, la pérdida del trabajo, la preocupación por parientes y amigos que están en otros países, el futuro inmediato sin certezas posibles…
También puede decirse que hemos muerto a muchas cosas y de forma súbita… al exterior, al café al paso, al encuentro con los amigos, a la vida social, a las visitas, a las oficinas y lugares de trabajo, a las actividades de entretenimiento en teatros y centros comerciales, a la cena en un restaurante, a un helado o un postre en alguno de los lugares que ofrece la ciudad, a un paseo en auto, a la visita a los municipios —en especial a la preciosa cordillera—, a cosas que tal vez no apreciábamos por tenerlas siempre y que ahora, se volvieron un sueño difuso, un recuerdo hermoso que poco a poco va tomando tonalidades en sepia…
Todo lo que estamos afrontando en este momento, tendrá que conducirnos a resucitar y renacer.
Resucitar: a la esperanza, a la vida que palpita con fuerza, a la alegría, al encuentro, al paisaje, al abrazo, al disfrute de este departamento, a los viajes, al sentido de la aventura recorriendo en jeep los caminos de nuestro paraíso, a reunirnos otra vez, con entusiasmo y gratitud… Resucitar a las cosas que amamos hacer y se encuentran restringidas y al encuentro con el ausente, con ese ser tan amado, cuyo abrazo es necesario y que por circunstancias, vive este periodo de aislamiento en otro lugar. A mirarnos a los ojos, conversar en cercanía, sin temor, volver a fundirnos en un abrazo, reír y llorar juntos, sin miedo, sin prevención… Celebrar la luz, luego de tantas sombras.
Renacer, a una forma diferente de ver el mundo, a valorar lo simple, relacionarnos mejor con el otro, entregar de nosotros mismos, estudiar con ánimo y trabajar con esmero, hacer de cada visita o reunión lo que es: una ceremonia, un acontecimiento.
Que estos días de devoción lleven las voces a Dios -o a donde sea que conduzcan las creencias particulares- y que pronto podamos resucitar a una existencia mejor y renacer a nuevas maneras de ser, relacionarnos entre nosotros, interactuar con la naturaleza y disfrutar este milagro de existir.
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